Aguas abajo
50 sando el hombre que no le hablaría de la Esperanza si ella no le preguntaba, empecinada la vieja en no pre- guntar nada si él no daba espontáneamente noticias. Fue Venancia la que intervino. —¿Tá mejor la mamita? —Tá mejor, más aliviá —y no agregó otro detalle. —¿Se levanta ya? —No…, y no más preduntas. Cébame un mate… El hombre paseaba por el rancho una lenta mirada de soslayo. Parecía aquello como cuando la Esperanza estaba sana, en un tiempo tan lejano que no alcanzaba a precisarlo. Cuando recién se casaron. Por ahí… Y no había tanto chiquillo. La verdad era que los chiquillos lo habían arruinado todo. Porque la culpa de la enfer- medad de la Esperanza la tenían los chiquillos, tantos chiquillos. Parir y parir. ¡Pobrecita!… Y le temblequeó la nuez en una súbita emoción. Lo que faltaba era que fue- ra a morirse no más. Estaba tan flaquita, tan blanca, tan sin fuerzas cuando se despidió de ella. El doctor le había dicho que volviera a verla pasado un mes. Bueno… Así era la vida… Y la vieja ahora en el rancho. ¿Por qué el patrón se metía en cosas que no le importaban? ¿Por qué había mandado a la vieja al rancho? Su rancho era suyo. Faltaba más… Echó otra mirada en contorno, sostenida, deteniéndose en cada cosa. Cuando llegó a la máquina, sin volverse, dijo despaciosa y trabajosamente:
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