Aguas abajo

49 era todo, sucio y despatarrado. Empezando por Venan- cia y los cinco hermanitos. Que, llenos de azoro, no sa- bían qué actitud tomar ante esa abuela que aparecía sin anuncio previo y de cuya existencia tenían tan vagas no- ticias. Una abuela que los miraba sostenidamente, que sobre la cabeza de cada cual fue poniendo una mano con gesto que no alcanzaba a ser una caricia, sino una especie de toma de posesión, a la par que le preguntaba el nombre. En seguida examinó rancho y dependencias y empezó a dar órdenes, a trabajar ella misma, con ese método que obraba el milagro de la rapidez. Antes de irse, al amanecer del otro día, el mozo vio un rancho en perfecto aseo y unos chiquillos limpios y sumisos al mandar de la abuela. Y llevaba una lista de cosas absolutamente necesarias, lista que Eufrasia enviaba al patrón con una carta, pidiendo que se las comprara a su propia cuenta y que por favor se las hi- ciera llegar en seguida. A más de otras cosas de su pro- pio menaje. Y el patrón entendió aquello e hizo que el mozo volviera con una recua cargada. Así fue como los niños por primera vez vieron una máquina de coser y cada cual durmió en su cama y tuvieron ropa a la que se pudiera llamar tal y no andrajos. Una semana después llegó Bernabé. Ya había di- gerido, pero malamente, la noticia que le dieran en la hijuela Primera. Saludó con un gruñido a la vieja. Que le contestó con otro similar. Y se quedaron mudos, pen-

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