Aguas abajo

48 quédese el tiempo que estime conveniente. Ya hablé por teléfono con el mayordomo para decirle que advierta a Bernabé que usted estará cuidando a los niños por orden mía. —Gracias —pareció aliviada, como si las olas que continuaban pegándole en el pecho se hubieran de pronto vuelto mansas. No habló una palabra más. El mozo que hizo con ella el camino la miraba de soslayo, un poco incómodo con esa compañía silencio- sa, admirado al propio tiempo por la entereza de Eufra- sia, que aguantaba barquinazos, polvo y viento, calor, sed y fatiga, sin una protesta. Doña Cantalicia tenía noticias nuevas. —Mi viejo telefoneó pa’l hospital, por orden del pa- trón, no se le imagine que por novedosear nosotros. Habló con la Madre Superiora, que le’ijo, después de muchas demoras pa consultar al doutor, que a la Espe- ranza tenían que operarla del interior, usté sabe, y que icía el doutor que una vez que la operaran tenía por lo menos pa un mes de cama y que después d’ese mes él vería si la ejaba o no irse pa’l rancho. Que no es bien grave lo que tiene, pero qu’es grave. La vieja apretó los labios, presentó el perfil por so- bre el cual sintió que pasaba un hálito de pozo, y no dijo nada. No parecía haberle hecho mella el cansancio al lle- gar a la laguna. Inmediatamente ordenó el revoltijo que

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