Aguas abajo
47 blen d’estas cosas, pero a mí se me le hace pecao no venir a icírselas. —Gracias por lo comedía —contestó Eufrasia, y se volvió de perfil, dando por terminada la conversación. Aquello le hurgaba adentro como un cominillo: «Enferma… En cama… A la rastra…» Pero se volvía furiosa consigo misma y se imponía la vieja frase ren- corosa: «¡Que sufra! ¡Que sepa lo qu’es güeno!… ¡Que se friegue!…» Pero la frase no podía tomar su antiguo ritmo de estribillo, ahogada por las olas de inquietud, cada vez más fuertemente repercutiendo en su interior, acantilado en tormenta. Poco tiempo después la llamó el patrón. —Mire, Eufrasia, me avisa el mayordomo de la hi- juela Primera que Bernabé pasó para el pueblo con la Esperanza enferma. Está en el hospital. Los chiquillos quedaron solos en el rancho. Creo conveniente que se vaya a cuidarlos. —Yo no voy onde naiden me llama… —Pero va donde la manda su patrón. —Se hallaron sus ojos y la vieja al fin desvió los suyos, como siempre, ante esa voluntad de hombre y de señor. —Tá bien, patrón. —Arregle sus cosas. Ya di orden para que mañana al alba vaya un mozo a dejarla. Se van en cabriolé hasta la hijuela Primera, de ahí siguen a caballo y llevan su equipaje en una mula. Vea allá cómo están las cosas,
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