Aguas abajo
46 término a una de estas labores, oteaba por la casa y sus dependencias hasta dar con otra. Los años no le desgastaban la energía. Esos mismos años que en los demás habían ido acentuando caracte- rísticas, y así la patrona, dulce y distraída, exclamaba al verla trajinando, con un acento cantante como ritornelo: —¡Qué perla es esta Eufrasia! ¡Qué perla es esta Eufrasia! De regreso de sus paseos a caballo, al caer la tarde, el patrón solía encontrarla ayudando a rodear los chan- chos o los terneros, manejando la honda para avivar a los rezagados: —¡A ese, Eufrasia! ¡Buen tiro! —y con una de sus súbitas sonrisas agregaba con la voz autoritaria que no resquebrajaba el tiempo—: Pero no ponga piedras grandes, que de repente va a dejar rengo a un animal… Un día llegó doña Cantalicia. Como siempre, con su alforja de novedades. —La Esperanza tá harto enferma. Tanto chiquillo y tanto aborto, no es pa menos, así ice mi viejo. Y Berna- bé no quere saber na de llevarla pa’l pueblo pa que la vea el doutor. ¡Tan bestia el pobre! Con razón usté no fue gustaora d’este matrimonio. Pero el caso es que la Esperanza tá en los puros güesos; a veces pasa días sin poder levantarse, y cuando se levanta, anda a la pura rastra no más. Yo sé que a usted no le gusta na que li’ha-
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