Aguas abajo

45 el departamento que había ocupado siempre, pero sin intervención alguna en el trabajo, o vivir en las propias casas de los patrones, en algunas piezas que le destina- rían y haciendo lo que quisiera. ¡Qué bien ganado tenía el derecho al descanso! —No estoy cansá. No preciso descanso —protestó, agregando en seguida, rápidamente—: Pero si su mercé ha dispuesto ya lo que quere qui’haga…, no hay más que agachar la cabeza y decir amén… —¿Quiere quedarse en el molino? —Pa mí el molino es el trabajo. No tengo pa qué quearme allá si voy’estarme mano sobre mano. —Hable entonces con mi mujer y arreglen el traslado. Hay dos piezas en el último patio, que le serán cómodas. —Gracias —dijo la vieja secamente, y obligándo- se a una mayor amabilidad, añadió—. Muchas gracias por too. Se instaló en esas dos piezas que le asignaban. Pasó días de días hoscamente encerrada en ellas y en sí mis- ma. Pero al cabo empezó a abandonar su rincón y a to- mar parte en las actividades de la enorme casa. Un día, sin que nadie se lo pidiera, limpió, sin ayuda alguna y en la forma más prolija, todos los vidrios de la galería. Otro se fue con un colchón a cuestas hasta un extremo del patio y allí organizó un verdadero taller, escarmenando lana, lavando telas, rellenando, cosiendo. Apenas daba

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