Aguas abajo
44 —¡Tá de canija la Esperanza! ¡Parece palo di’ajo! Con tanto chiquillo, también, no es pa menos. Y sin sa- lir nunca del rancho. Trabajaora, eso sí, lo mesmo qu’él. ¡Bestia igual no si’ha visto! Viera, vieja, el muelle que si’ha hecho en la launa y un bote de lo más encachado, y como hay tanta pesca, se las arregla lo más bien pa tener toos los días su caldillo de trucha o de salmón. ¡Viera! Y el rancho lo más acomodao. Porqu’ella es tan señorita, la Esperanza, da gusto. Si no estuviera tan flaca. La mo- cosa mayor es igualita a ella, a la Esperanza: los mesmos ojos y lo mesmito e donosa… La mujer del mayordomo, doña Cantalicia, inven- taba viaje a las casas, especialmente para contarle estas novedades a Eufrasia. Que apretaba los labios, remar- cando ese gesto que la semejaba a una máscara volun- tariosa; que endurecía el filo de la mandíbula, cerrando con el labio inferior el otro desaparecido bajo su pre- sión. Pero no hacía comentario alguno, para grande enojo de doña Cantalicia. «Porque hasta a las bestias les debe gustar saber de sus crías…», se decía muy alborotada por dentro. Y se desquitaba en interminables chácharas con el otro mu- jerío de las casas. Eufrasia cumplió treinta años en el molino. ¡Treinta años! Una vida. El patrón la llamó y con su manera rec- ta y sin discusión, le dijo que se la jubilaba con sueldo íntegro y que podía elegir entre seguir en el molino, en
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