Aguas abajo
43 jaba precipicio abajo para, sobre el fondo de un nuevo cauce, seguir su tumultuosa búsqueda del mar. Del lejano rancho no podía nadie traer noticias. Eu- frasia parecía no aguardarlas. Nunca mentaba a la hija. Con un sordo rencor hacia ella. Con un sordo resenti- miento hacia los patrones, que le impusieran ese ma- trimonio. Que fuera feliz o desgraciada le era igual. Se abroquelaba en esa indiferencia. —No me importa… No me importa na… Que sufra si es que tiene que sufrir… ¿Pa qué se casó? Ella bien sabía lo que hacía… Pero el «Que sufra…» era la repetida cantinela de su corazón, ritmo de su sangre, rueda como la del molino, jamás detenida y siempre moliendo renovado grano. Ni siquiera tenía Bernabé necesidad de venir a las casas para proveerse, porque en aquel fundo enorme, encomienda que fuera en tiempos coloniales, había cin- co mayordomías bajo el mandato de una administra- ción general y el hombre estaba ahora a las órdenes del mayordomo de la hijuela Primera y allí debía llegarse para su abastecimiento y todo lo concerniente al traba- jo. Hacía un viaje cada tantos meses. Y una vez al año el mayordomo iba hasta la laguna para echar una mirada a los cercos. De las venidas de Bernabé a la hijuela Prime- ra poco se sacaba, que el hombre seguía siendo callado y a las preguntas contestaba con atropelladas palabras y no muchas. Era el mayordomo el que traía noticias:
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