Aguas abajo

42 Se casaron en el pequeño pueblo cercano, y ahí mis- mo —tan solo los habían acompañado los testigos y pa- drinos, que Eufrasia fue terminante para decir que no quería festejos— enrumbaron los recién casados para el rancho, junto a la órbita azul de la laguna, entre las estribaciones de la cordillera. Eufrasia se hizo más dura, más recóndita, más ahincada en su trabajo. Nada se sabía de la nueva pareja. La la- guna quedaba en un extremo del fundo. El camino era tan solo transitable hasta cierta altura por vehículos, y desde ese punto en que se entraba de lleno por desfila- deros entre montañas vírgenes, había una huella para caballares, tortuosa, vadeando torrenteras, yendo de uno a otro lado del río que lentamente cobraba caudal, hasta llegar al fondo de aquel anfiteatro de picachos, arremansándose para formar la tersa extensión de la la- guna. De un lado la bordeaba la montaña, espesa, caída hasta dentro del agua; del otro se abría un angosto valle, y allí, en un altozano, estaba asentado el rancho, edificio de madera, chato, rodeado de cobertizos y casillas. La laguna parecía ciega. Pero en un extremo las montañas curvaban un recodo, se abrían estrechamente en un tajo y por ahí, fragorosamente, entre líquenes y enredade- ras, en un ambiente de verde humedad, el agua se arro-

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