Aguas abajo
41 tes músculos. Sobre ese cuerpo de gigante, la cabeza pequeña, redonda, se alzaba sobre el cuello despropor- cionadamente delgado, con la nuez enorme y temblona. Una frente estrecha, el pelo duro de escobillón, unos ojillos sesgados y apenas lucientes bajo los pesados pár- pados cautelosos, una boca de labios gruesos, un cutis lampiño y entre todo ese conjunto negativo en que el espíritu parecía no hallar albergue, la inusitada belleza de unos albos dientes brillosos. Al llegar al molino, Eufrasia dijo fría y firme a la hija, que la esperaba recelosa y ansiosa: —El patrón quere que te casís con Bernabé. Te podís casar cuando se te antoje. Pero desde ese día no tenís más madre. Fue un corto noviazgo entre los hoscos silencios de Eufrasia, la cháchara de pájaro enloquecido de sol de la hija y el otro silencio del hombre, presencia que enarde- cía en ira a aquella y que para Esperanza significaba dos oídos atentos a sus palabras, la aceptación de todos sus propósitos, una defensa latente para —¡al fin!— realizar su voluntad, haciendo caso omiso de la madre. Bernabé fue al rancho, ya desalojado por don Va- lladares. Volvió diciendo, con sus pocas palabras tarta- josas, que estaba muy bien, que no necesitaba arreglo alguno, que el menaje que llevara a lomo de mula había llegado «sanito».
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=