Aguas abajo

37 y desempeñándose ella con tal pericia que en verdad era quien dirigía los trabajos. Ambición de madre que tal vez quería un hombre con mayores posibilidades para marido de la muchacha y no aquellos cachazudos peones que nunca serían otra cosa. Pero ¿dónde hallar ese marido? Su mundo, lógi- camente, tenía que ser aquel de campo entre montañas. Su destino, casarse con un mocetón allí nacido. Tener un rancho propio. ¿Qué más? Sí, porque más que eso, que los mocetones hijos de los inquilinos, no había en el fundo hombre alguno soltero. ¿Dónde, entonces, en- contrar un marido para Esperanza, que en verdad era superior inmensamente a su medio? Y cansada de haber cavilado tanto sobre un asunto que le importaba un poco, no mucho, no estaba segura si mucho o poco, la patrona hizo una pregunta que cre- yó definitiva: —¿Pero tú estás segura de querer a ese Bernabé? Esperanza hizo el gesto clásico de arrollar y desarro- llar la punta del delantal y contestó sin ambages: —Patrona, de toos es el que más hei querío. A los otros los hei querío así no más. A este lo quero harto. Es güeno y me quere harto tamién. Claro qu’es lerdo… —concluyó con apuro, porque la patrona la miraba sos- tenidamente, como si quisiera verle el fondo del alma. Y en realidad no la miraba, entregada, como siempre, a sus propios vagos pensamientos.

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