Aguas abajo
36 da, casi como una sirvientita pueblerina, que siempre había vivido allegada a las casas, bajo su protección. —Pero ¿qué te dice ella? —Agora no me ijo na. Me apalió no más. Pero otras veces ice qu’ella no mi’ha criado como una flor pa que me coma el más burro. Cosas de veterana… Porque, al fin y al cabo, pue, patrona, yo no soy más que una hua- sita pa casarme con uno d’estos laos. —¿Y quién te pretende ahora? Esperanza vaciló un segundo antes de responder: —Bernabé, el de los Villares, el más guaina, el que trabaja en el palo parao, en los cercos. —Pero si es una bestia… —exclamó la patrona des- pués de una pausa para recordar al mozo. —Yo lo quero harto… Claro qu’es así, medio lerdo, pero güeno y trabajaor como ni’uno. D’esto puee dar fe cualesquiera en el fundo. Y sin vicios. Arreglao pa toas sus cosas. Es lerdo no más. Eso es too. La patrona la miraba en suspenso, sin saber qué re- solución tomar, porque no era la primera vez que se le presentaba el caso, que la muchachita venía a pedir au- xilio para defenderse de la madre, que no admitía más voluntad que la suya. Y no era posible que sistemáti- camente se opusiera a que Esperanza se casara. Celos de madre que no tenía sino esa hija, viuda y bregando como una desesperada para criarla, ayudante del moli- nero al morir el marido, que por años sirvió este puesto,
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