Aguas abajo

38 —Bueno, bueno. Hablaré con tu madre. —Claro que su mercé —y se puso muy zalamera y era así un encanto, con los ojitos pequeños y muy re- brillosos, y con dos hoyuelos que se le marcaban en las mejillas tan de melocotón pelusiento, y tan arremangada la nariz, y por boca un mohín de niña que se sabe linda y especula con su lindeza— podía irle iciendo al patrón que nos diera rancho, porque así mi mamita no hallaría tanto que icir y ya teniendo rancho seguro, a Bernabé no lo miraría en menos naiden y es claro que too andaría al tiro mejor… Su mercé se lo ice al patrón, ¿no? —Sí, sí… Ya te conozco… Con lo buena que eres para los arrumacos… Ándate tranquila… Se quedó pensando, así, yendo de una a otra nebu- losa de ideas, que era su manera de pensar, que tal vez podía llevarse a Esperanza a la ciudad como sirvienta, o mandarla a la escuela, o que ayudara a la enfermera que cuidaba a su madre. Hizo un gesto con la mano, como si borrara algo frente a los ojos. No, resultaba aquello mucha responsabilidad. Con lo linda que era la mucha- cha… A lo mejor, en vez de casarla… —y de repente pensó en el chofer, tan excelente hombre, que tenía su hermana, soltero, que podía enamorarse de Esperanza y casarse con ella—; si, en vez de casarla, pasaba cual- quiera de esas cosas feas, que se cree que solo existen en las novelas o en los films y que de repente se hallan también en la vida… Y la madre, la vieja Eufrasia, no

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