Aguas abajo

28 jo». La cuidada decoración del espacio, los muebles y los objetos con los que está ataviada son fruto del es- fuerzo y del trabajo remunerado de la mujer que, con la venta de sus tejidos, logró transformar «aquella des- tartalada casa de campo, comida por el abandono, en lo que ahora era». Tal como lo hiciera Eufrasia en la ca- baña de la hija, la mujer en «Soledad de la sangre», va imponiendo al sombrío y derruido lugar un orden per- sonal que además de hacerlo funcional lo vuelve aco- gedor. Al igual, también, que el personaje de «Piedra callada» que lleva al interior del hogar la tecnología con la máquina de coser, la mujer introduce el fonógrafo y con ello, el arte y la imaginación. La mujer, sin embargo, no tiene la independencia de Eufrasia que, jubilada y sin hombre que la mandate, puede disponer libremente de su dinero y de los objetos comprados por ella. En «Soledad de la sangre», cada gasto realizado, con los recursos que obtiene la protagonista mediante su tra- bajo, debe ser autorizado por el marido, quien decide lo que se compra, en qué momento se compra y cuándo y cómo se usa lo adquirido. Por su decisión, la música del fonógrafo queda así limitada a los sábados en la no- che, único momento de la semana que le pertenece a la mujer, en el que puede soñar y recordar libremente. La música abrirá un umbral al ayer por donde transitarán los recuerdos de un pasado adolescente, cuando podía perder el tiempo sin temor a la reprimenda de un ma-

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