Aguas abajo
25 Brunet construye aquí un mundo espacial y temporal- mente distante. La familia se organiza y subsiste con mínimos elementos que apenas acusan el desarrollo de una comunidad recientemente asentada: una cabaña de barro con una ranura en el techo para que salga el humo del fuego en torno al cual los cuerpos se amonto- nan para escapar del frío; un «telar primitivo» donde la anciana realiza tejidos que luego comercializa en el pueblo cuando la naturaleza lo permite; y una vela que, como «único lujo», encienden en contadas ocasiones. En este escenario apartado y arcaico, la mujer parece ser la única empeñada en constituir un modelo familiar, con roles y valores fijos que organicen y den sentido al grupo, más allá de la rutina de reproducción de la vida. El pudor que ella siente ante la posibilidad de que otros/as adviertan su intimidad sexual y la insistencia en que la hija llame padre al padrastro —y que después comprenderemos obedece a un temor profundo de que el mandato de la naturaleza termine por imponerse a esa precaria estructura familiar— distingue a la mujer de los integrantes del grupo y revela su propósito por fijar un orden que los diferencie del resto de los seres vivos que existen en esos apartados parajes. De este modo, entre todos y todas, ella será la única afectada por la decisión del hombre de reemplazarla, y no solo porque perderá su pequeño poder y estatus dentro del grupo, sino también porque rompe la arquitectura való-
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