Palabra Pública N°38 agosto - septiembre 2026 - Universidad de Chile

apunta a que, en los entornos digitales, “la información pue- de persistir, replicarse y alcanzar audiencias que no siempre son visibles para quien aparece implicado. Esto modifica el daño, porque el rumor deja de depender únicamente de la memoria de los pares y queda sujeto a capturas de pantalla, reenvíos, comentarios, algoritmos y búsquedas futuras”. Los adolescentes saben que cualquier cosa que digan, ha- gan o que se diga sobre ellos puede vivir indefinidamente en el entorno digital y reactivarse en cualquier momento. Esa conciencia opera como una vigilancia difusa que moldea el comportamiento y genera una ansiedad anticipatoria difícil demedir, pero que está siempre ahí, presente. A eso se suma otro punto y es que el contenido en redes sociales no siempre se condice con lo real. Entre filtros, in- teligencia artificial y otras herramientas, las fotos y videos han pasado por una manipulación digital y una curaduría por parte de su autor con el finde producir esemomentopu- blicable. Por lomismo, se crea una vara demedición entre la experiencia propia y aquella perfecciónque es inalcanzable. Vania Martínez, académica del Centro de Medicina Repro- ductiva y Desarrollo Integral del Adolescente (Cemera) de la Universidad de Chile, profundiza en este fenómeno: “La identidad que se está construyendo muchas veces se pone en comparación con las de otras personas a través de las re- des sociales, y la identidad que la gente presenta es parcial, no es la realidad”. Las formas del daño | Los rumores digitales que afectan a los adolescentes no adop- tan una sola forma. Hay un ecosistemadeprácticas interco- nectadas que, aunque difieren en su modo, comparten una misma lógica: la exposición de alguien ante una audiencia que no tiene accesoal contexto completoyque, enmuchos ca- sos, ni siquiera conoce al protagonista. “No es lomismo decirle a una persona cara a cara algo que hacerlo anónimamente a través de redes sociales, porque eso permanece, puede ser replicado y, entonces, el impac- to es mucho mayor. Cada vez que alguien postea algo o da un like , tiene que pensar si eso va a perjudicar a otra perso- na o, incluso, a sí misma”, precisa Martínez. La amenazamás reciente y quizá lamás perturbadora es la de los deepfakes con contenido sexual. Según una encuesta de la organización de defensa infantil Thorn realizada en Estados Unidos en 2024 a 1.200 jóvenes de entre 13 y 20 años, uno de cada ocho adolescentes conoce personalmen- te a alguien que ha sido víctima de imágenes de desnudos falsas generadas con inteligencia artificial, y uno de cada 17 ha sido víctima directa. El 71% de quienes admitieron haber creado este tipo de imágenes dijo haber encontrado las herramientas para hacerlo en redes sociales, y el 53% a través de unmotor de búsqueda convencional. H ay un nuevo gesto entre las adolescentes que se sacan selfies , ya sea solas o con sus amigos: cu- brir la mitad de la cara con la mano, el pelo o un emoji antes de que la imagen se suba a cualquier red social. ¿El motivo? Con una sola foto, cualquier persona con acceso a una aplicación gratuita de inteligencia artificial puede generar una imagen falsa, pero hiperrealista del cuer- po de quien aparece. Las chicas lo saben porque han visto lo que les ha pasado a compañeras de curso, conocidas o figuras públicas. Basta un teléfono y una foto para sufrir consecuencias de por vida. Ese gesto defensivo revela una transformación profun- da en la experiencia cotidiana de las y los adolescentes: la sensación de que cualquier imagen, conversación o malen- tendido puede escapar de su control, viralizarse y causar un daño que no tiene unmecanismo claro de reparación. Hasta hace unos años, el rumor adolescente tenía límites naturales. Se difundía de boca en boca, dentro de un grupo acotado, un curso, un círculo de amigos. Alguien podía ser objeto de un cahuín durante semanas, pero, eventualmente, otro hecho lo terminaba desplazando. Las plataformas digitales han eliminado esos límites. Un pantallazo de una conversación privada puede llegar a cien- tos de personas en minutos. Un video de TikTok que acusa a alguien de algo, con o sin pruebas, puede acumular miles de reproducciones antes de que la persona aludida incluso se entere. Una publicación en una cuenta anónima de Instagram dedicada a chismes del colegio puede circular durantemeses. A esto se suma la inteligen- cia artificial, que ha añadido una dimensión nueva y dolo- rosa: ya no hace falta que haya ocurrido algo para que exista una “prueba” visual, basta sim- plemente con un buen prompt. Según Francisca Jaque, académica de la Escuela de Psi- cología de la Universidad de Santiago, “estamos frente a un fenómeno de continuidad y ruptura. El rumor di- gital conserva funciones sociales del rumor tradicional —circulación de información incierta, regulación reputa- cional, pertenencia grupal y control social—, pero cambia de naturaleza cuando se desplaza a plataformas digitales. No es solo que el rumor llegue a más personas: se vuelve registrable, copiable, buscable, acumulable, recontextua- lizable y potencialmente permanente”. Cristian Pinto, director de la Escuela de Psicología y Filosofía de la Universidad de Tarapacá, señala que la práctica actual podría considerarse “un tipo de violencia digital; [porque] este contenido, además, es distribuido con la intención de hacer daño”. “En la escuela presencial, el chisme solía tener límites físicos y temporales: circulaba en el recreo, en la sala o den- tro de un grupo relativamente identificable”, añade Jaque y “Saber que una imagen, un comentario o un rumor podrían ser capturados, manipulados o viralizados puede producir hipervigilancia, ansiedad anticipatoria o autocensura”, advierte Jaque. 35

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