Palabra Pública N°38 agosto - septiembre 2026 - Universidad de Chile
H oras después del terremoto del 27 de febrero de 2010, en la población Valle del Sol de Chi- guayante, en Concepción, los vecinos temían que vinieran a saquear sus casas desde otras poblaciones cercanas. Los rumores corrían. No había ce- lular, radio ni televisión. Los pasajes fueron cerrados con palos, alambres y lo que hubiera a mano; se armaron cua- drillas de vigilancia nocturna, había contraseñas que se cambiaban todas las noches. En el día, mientras la gente iba a buscar agua a las vertientes, o cuando se reunían en una olla común, llegaban las informaciones en voz de al- guna persona: que habían pasado los bomberos avisando que en unos días más vendría otro terremoto; que en la parte de atrás de la población habían violado a tres niñas; que todo el país estaba en el suelo. Ningún bombero pasó avisando ningún terremoto, tam- poco hubo violaciones, ninguna población fue a saquear a otra y Chile, a pesar de la destrucción y los muertos, seguía en pie. Eran rumores enmedio de una emergencia con poca oningunacomunicaciónoficial yconausenciadeautoridad. Cuatro décadas antes, en 1969, en Orleans, Francia, tam- bién corría un rumor: se hablaba de mujeres desaparecidas; se decía —y así lo creyeron miles de personas— que eran secues- tradas en los probadores de tiendas de ropa pertenecientes a judíos y que luego eran pros- tituidas. “[Fue] una especie de pánico medieval que duran- te varios días mantuvo a una ciudad moderna bajo su con- trol, en la era de los medios de comunicación de masas; una fantástica amenaza sexual que de repente evocó el sombrío espectro del antisemitismo”, cuenta el sociólogo francés Edgar Morin en su libro El rumor de Orleans (1971). Todo era mentira, pero el murmullo cundió y se volvió creíble. ¿Cómo? ¿Por qué? Eso se preguntó Morin, quien partió al lugar de los (supuestos) hechos a intentar enten- der el fenómeno junto a un grupo de investigadores. “Este rumor (que nuestras tardías averiguaciones encontraron aúnmuy vivo y ya transformado) sacudió cada hoja y rama del árbol social de Orleans”, anotaMorin. El sociólogo y su equipo descubrieron que también podían explorar la con- dición humana o “la infraestructuramental de unmito, las profundidades inexploradas del subconsciente colectivo”, dicho en sus palabras. “Nos hemos esforzado por descu- brir qué puede revelar este rumor arcaico sobre el mundo moderno que lo engendró y, a un nivel más profundo, por esclarecer el problema perenne y crucial de la creencia”. Hoy, con internet, las redes sociales y la inteligencia artificial, el rumor se ha vuelto viral y ya no se circuns- cribe a un barrio o una ciudad. Se esparce por el globo y, a punta de desinformación y deepfakes, puede llegar a poner en riesgo cuestiones tan fundamentales como la salud (“las vacunas producen autismo”, dicen algunos) o la democracia (“los de más allá te van a quitar la casa”, se ha escuchado por ahí). La antropóloga Sonia Montecino, académica de la Fa- cultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile y Premio Nacional de Humanidades, explica que, desde perspectivas históricas y antropológicas, al rumor “hay que entenderlo como una forma de comunicación in- formal, sobre todo en sociedades donde hay estructuras que administran una ‘verdad’ oficial. Es una manera ‘ex- traoficial’ de comunicar algo. Se liga a la legitimidad y al prestigio de personas, grupos, linajes; los que dependen de la opinión de los demás para mantener su posición social o simbólica”, precisa Montecino. Y agrega: “En el pasado, los rumores y chismes eran básicamente orales; hoy se crean y reproducen en diversos medios con len- guajes también visuales. Por ello, el rumor no tiene ahora la misma función que en el pasado, toda vez que el chisme operaba comomedida de una ‘moralidad’, de la salvaguar- dia de las normas, de lo que una comunidad consideraba correcto. El rumor ‘denunciaba’ lo que se desviaba”. Quizás como contracara de esa función moral, Montecino recuerda que “el rumor estuvo muy ligado a los conflictos y a las guerras o rivalidades entre comunidades y personas. En la Colonia, en algunos países lati- noamericanos (y en la España colonial, por ejemplo con los judíos conversos) podía des- truir la honra y aniquilar a una familia; los rumores sobre las mujeres sospechosas de brujería las llevaron a la hoguera y a la inquisición, y las convir- tieron en chivos expiatorios solo propagando falsedades sobre ellas. Así, chismes y rumores se vinculan desde tiempos muy antiguos con la oposición verdadero/falso, poniendo en duda la veracidad de saberes y relatos consi- derados por una comunidad como ciertos”. Una cuestión anímica | Según el filósofo Sergio Rojas, académico de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, el fenómeno del rumor implica preguntarse por la cuestión de la verdad, pues, tal como ocurre con el “mur- mullo”, no se refiere solo a lo que se dice, sino “al modo en que se transmite una versión de los hechos”. “La revolu- ción digital ha aumentado la circulación de verdades en la forma del rumor, lo que viene a confirmar un aspecto inherente a él: un interés por ‘hablar acerca de lo que se dice’ antes que por dar con la verdad misma de lo que se dice”, explica Rojas. “El rumor es aquello que Heidegger denomina ‘habladurías’ en su obra Ser y tiempo . No se ha- bla acerca de una realidad propiamente tal, sino acerca de “La revolución digital ha aumentado la circulación de verdades en la forma del rumor, lo que confirma un aspecto inherente a él: un interés por ‘hablar acerca de lo que se dice’ antes que por dar con la verdad misma de lo que se dice”, explica Rojas. 27
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