Palabra Pública N°38 agosto - septiembre 2026 - Universidad de Chile
Un relato, información, algo que nos involucra —a veces demanera directa o con cierta lejanía, como sea—, algo insó- lito o trivial, algo que llama nuestra atención por sobre todas las cosas, y el goce, siempre, tras todo esto. De eso no habla ahí Cozarinsky, pero habita en las entrelíneas de todo el ensa- yo, un ensayo en que recurre a Henry James, Marcel Proust y Borges—cómo no—para explicar la relación entre chisme y narración, para develar sus conexiones, para recordarnos el vértigo que sostiene a los relatos, el deseode que nos cuenten algo que no sabemos pero que queremos saber, que quere- mos conocer—aunque no sea verdad, aunque no sea cierto. Alguien que sabía perfectamente esto—y que lo usó con absoluta maestría— fue Juan Carlos Onetti, quien hizo del chisme, de los rumores, una máquina narrativa que le per- mitió escribir algunos de los libros más impresionantes de nuestro idioma. Quizá solo sea necesario detenerse en esa novela breve y excepcional que es Los adioses (1954) para entender el funcionamiento de esa máquina: un hombre llega a un pueblo, está al parecer enfermo, no se sabe mu- chomás. Tampoco importa, porque el asunto está en quién cuenta la historia: el almacenero del pueblo. Es él quien se aventura a reconstruir una historia que no conoce —que no protagoniza—, pero de la que sabe de oídas, a través de chismes, de rumores que le van llegando. Es decir, el que cuenta la historia no es el quemejor la conoce, sino simple- mente quien se decide a reunir todos esos rumores, darles una forma y resolver un misterio o varios misterios: quién es este hombre que llega al pueblo, de qué está enfermo, a quién le envía cartas todas las semanas, quiénes son las mujeres que lo van a visitar… En un momento, como lectores, entendemos que no vamos a resolver todas esas dudas y que, en realidad, da lo mismo, pues estamos entregados al simple goce de la narración, a los vaivenes de ese almacenero que cuenta la historia con una intensidad que es más importante que cualquier otra cosa. De Los adioses escribieron algunos de los lectores más extraordinarios de este lado del mundo—Josefina Ludmer, Sylvia Molloy, Ricardo Piglia, entre muchos otros—, y cada uno fue desentrañando la novela para resolver esos miste- rios o para indagar en ese narrador perfecto a pesar de sus imprecisiones, porque no hay nada como un buen chisme. Eso lo sabe cualquiera que tenga ganas de vivir, o al menos un poco de curiosidad. En el fondo: nada como una buena historia. ¿Y qué sería una buena historia? Pues lo que dijo Piglia alguna vez: “Una historia que le interesa no solo a quien la cuenta, sino también a quien la recibe”. Y subraya- ría yo: sobre todo a quien la recibe. Hay algo en el goce de los chismes que extraño en las escrituras más contemporáneas: el simple deseo de que las narraciones abandonen cualquier aire programático, cualquier atisbo de solemnidad y cálculo, y se entreguen a la posibilidad de perderse, de zigzaguear, de irse por las ramas y volver y regocijarse en no llegar nunca a un centro, sino simplemente mantener vivo aquel deseo originario de querer narrar algo por narrar, por mantener viva la aten- ción de un grupo de lectores que quieren eso, seguir esa voz, entregarse al lenguaje, descubrir una historia aunque quien la cuente no sea quienmejor la conozca, sino simple- mente el que tiene más ganas de contarla. Crispin et Scapin , de Honoré Daumier (1808-1879). París, Museo del Louvre. Crédito: © Collection Roger-Viollet/Roger-Viollet vía AFP. 25
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