Palabra Pública N°38 agosto - septiembre 2026 - Universidad de Chile

va interrogante: si Estados Unidos y otras democracias habían convivido con regulaciones ambientales, laborales y sanitarias sin dejar de ser sociedades libres, ¿de dónde provenía esa ideología? Así nació el libro El gran mito (2023), donde los autores reconstruyen cómo grandes empresas estadounidenses, intelectuales conservadores y centros de pensamiento impulsaron a través de una propaganda agresiva la idea de que las libertades económicas y políticas son insepara- bles. En pocas palabras: cualquier regulación del mercado supone una amenaza para la libertad individual. Según Oreskes y Conway, ese relato fue clave para debilitar la confianza en las instituciones públicas y frenar sus es- fuerzos frente a desafíos como el cambio climático. —Esos argumentos funcionan porque coinciden con valores que muchos comparten, especialmente en Esta- dos Unidos, donde siempre ha habido un fuerte énfasis cultural en la autonomía individual y la libertad personal. La ideología se usa, en estos casos, para camuflar la codi- cia y ocultar la motivación financiera —explica Oreskes vía Zoom desde Massachusetts—. También funcionan, en parte, gracias a la repetición. Si escuchamos un mensaje una y otra vez, de maneras y personas diferentes, pode- mos empezar a creer que es cierto. Por eso en El gran mito hablamos del cine, la televi- sión y los libros infantiles. Si solo escucho al director ejecutivo de una gran cor- poración, tal vez me muestre escéptico. Pero si esas ideas están integradas en una his- toria, y sobre todo si soy niña cuando la leo, quizás no las reconozca. Me pasó con los libros de La pequeña casa en la pradera: los leí a los diez años y me encantaron. A esa edad nunca noté los valores libertarios que tenían. ¿Cómo explicas el éxito de la estrategia utilizada por la industria tabacalera, que luego fue aplicada a asuntos ambientales y sanitarios? —La industria tabacalera entendió que no tenía que de- mostrar que fumar era seguro, sino sembrar dudas sobre la ciencia que demostraba que no lo era. Luego comprendió —e incluso hizo investigaciones para demostrarlo—que la duda favorece el statu quo. Si la gente no está segura de la información, su tendencia es seguir haciendo lo que hace. Si me gusta fumar y alguien como el jefe de salud pública de mi país dice que fumar podría matarme, pero escucho de otra fuente que “en realidad no lo sabemos”, lomás pro- bable es que mi inclinación sea seguir fumando. Es una estrategia increíblemente efectiva que, como mostramos en el libro, fue aplicada luego a otros temas. Ese patrón delata que no se da un debate científico legítimo, es decir, uno donde se esperaría ver argumentos distintos. Aquí ve- mos los mismos argumentos repetidos una y otra vez. E n febrero de 2026, a poco más de un año de ha- ber asumido su segundo mandato, el presidente Donald Trump dio uno de los golpes más duros a los esfuerzos por frenar el avance del cambio cli- mático. Durante un acto en la Casa Blanca, el mandatario anunció la derogación del llamado “dictamen de peligro”, la determinación científica que durante 17 años permitió a la Agencia de Protección Ambiental regular las emisio- nes de gases de efecto invernadero. Junto a él estaba Lee Zeldin, administrador de la agencia, quien respaldó la de- cisión y la calificó como “el mayor acto de desregulación en la historia de Estados Unidos”, al tiempo que aseguró que reduciría los costos para los fabricantes de vehículos y los consumidores. La medida forma parte de una agenda más amplia que ha incluido el desmantelamiento de normas medioam- bientales, la promociónde la industria de los combustibles fósiles y la salida de EstadosUnidos de tratados internacio- nales como el Acuerdo de París. Los argumentos han sido que la regulación ambiental obstaculiza el crecimiento económico y limita la competitividad de las empresas, un discurso que, si bien el presidente republicano ha llevado a un extremo, no nació con él. Para entender sus raíces hay que remontarse a fines de la década del setenta, cuan- do un grupo de científicos, intelectuales y empresarios convirtieron la defensa irres- tricta del libre mercado en una cruzada contra toda evi- dencia científica que pusiera en peligro sus intereses. Nadie ha reconstruido esa historia con mayor rigor que Naomi Oreskes (Nueva York, 1958). Geóloga de formación y académica de la Universi- dad de Harvard, Oreskes ha dedicado más de dos décadas a rastrear los orígenes del actual negacionismo climático. Junto al historiador Erik M. Conway publicó Mercaderes de la duda (2010), un libro donde expuso cómo algunos cien- tíficos con conexiones en la industria tabacalera lideraron campañas para desacreditar la evidencia sobre los efectos nocivos del tabaco y, más tarde, sobre el cambio climático. Su estrategia era simple: sembrar dudas sobre las pruebas científicas y presentar ante la opinión pública la falsa im- presión de que existía un debate donde, en realidad, había un consenso amplio. Sin embargo, la investigación dejó una pregunta abierta: ¿por qué científicos prestigiosos se dedicaron a tergiver- sar el trabajo de sus colegas? La explicación más obvia —es decir, la motivación económica— resultó insuficien- te. La verdadera razón, concluyeron Oreskes y Conway, era ideológica. Muchos de esos científicos habían desarrolla- do su carrera durante la Guerra Fría y creían que cualquier regulación pública del mercado era un paso hacia el so- cialismo. Más tarde, trasladaron esa misma lógica al movimiento ecologista. Pero esa respuesta abrió una nue- “La desinformación tiene una larga historia: parte de ella tiene sus raíces en la propaganda de tiempos de guerra. Lo que han hecho las redes sociales es amplificarla”. 21

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