Palabra Pública N°37 abril - mayo 2026 - Universidad de Chile
palabra crítica E l académico británico-pakis- taní Ziauddin Sardar llama “posnormales” los tiempos que corren, en que “mucho de lo que hemos considerado normal, convencional y ortodoxo ya no funcio- na. De hecho, la normalidad misma se revela como la raíz de todos nues- tros males”, dice, para agregar que lo característico hoy es el aumento de las contradicciones, la complejidad y el caos. Esta situación, desde luego, no puede prolongarse: quizás como nunca antes en la historia del pensa- miento apocalíptico se ha anunciado con mayor temor y certeza la proxi- midad de la escasez y la catástrofe, sin que existan aparentemente mo- delos macroeconómicos alternativos a lo que el mismo Sardar llama “el capitalismo vengativo”. Así, se vuelve urgente tratar de pensar tramas y ac- ciones alternativas a la devastación. En esta línea, la literatura, si creemos en ella como una actividad de la ima- ginación (hoy igualmente negada y amenazada por el futuro), tiene mu- cho por ofrecer. En sus textos, Sardar menciona los “futuros impensados”, aquellos de derrumbe de conceptos y prácticas dominantes que ceden paso a posibi- lidades que no por impensadas son impensables. La literatura podría explorar allí, pero no solo a través de las narrativas distópicas que están a la orden del día. No niego la fas- cinación que me producen algunas novelas que van en esta línea, como por ejemplo, una de las mejores que se han escrito en Latinoamérica sobre esto: Plop (2002), del argentino Rafael Pinedo, cuyo protagonista da el título a esta cruel historia sobre grupos que deambulan por una llanura lluviosa reciclando objetos y también los po- cos recuerdos que quedan de antes de la devastación: “Cada grupo tiene sus costumbres, su organización, sus ta- búes. En algunos, como en el de Plop, todos hablan mirando para abajo. Se ríen con la boca cerrada, gritan entre dientes. Nunca abren la boca”. Como enmuchas de estas historias, no faltan las latas de conservas, que son el sello de la sobrevivencia apocalíptica. Plop se convierte, de hecho, “en un experto de abrir latas”. Latas abre también la protagonista de otra novela excepcio- nal, Mugre rosa (2020), de la uruguaya Fernanda Trías, otra distopía que invi- ta a pensar y cuidar lo que tenemos; los afectos, la naturaleza, los cuerpos que nos permiten llegar al límite de nuestras fuerzas. No obstante, los futuros impen- sados se revelan en otras narrativas, lejos de las distopías. La crítica Luz Horne escribía hace unos años un libro hermosísimo, Futuros menores (2021), en que este concepto funciona como “una máquina —una antropo- logía, una epistemología, una estética, una ética y una política— que se en- ciende para construir una filosofía del tiempo y una arquitectura del mun- do basada en la inmanencia. Los futuros menores se oponen al futuro monumental, singular y del progre- so, pero no se oponen como un espejo invertido, sino mostrando su revés, exponiendo sus restos”. Un ejemplo de este tipo de futuro, “un tiempo de intervalo, un tiempo de la palabra y de la imagen, de lo corporal y menor”, lo halla en el final de la novela de Clarice Lispector La hora de la estrella (1977), en que su protagonista, una joven pobre y menospreciada, Macabea, se siente por escasos segundos “preñada de futuro”, un fugaz vislumbre que la colma de esperanza. libro lorena amaro Crítica literaria y profesora del Instituto de Estética de la Universidad Católica de Chile. Sobre Lispector, Trías, Cárdenas y Almada: Futuros menores 54
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