Palabra Pública N°37 abril - mayo 2026 - Universidad de Chile

Mannheim se vuelve inevitable: ¿quién tiene el poder de definir qué futuro es legítimo desear? Su distinción en- tre ideología y utopía no es solo una categoría sociológica: nombra dos regímenes distintos de relación con el porvenir. La ideología fija el mundo bajo apariencia de naturalidad; la utopía lo desajusta, lo vuelve criticable, lo abre. Pero después de Quijano y Rivera Cusicanqui, esa distinción tiene una dimensión que Mannheim no vio: no cualquier utopía des- ajusta. Las utopías que se construyen desde futuros ajenos —desde temporalidades que no pertenecen a quienes habi- tan ese espacio—pueden ser también una forma de cierre. Esas preguntas tienen forma de ciudad concreta. Los planes urbanísticos de Georges Haussmann para París, los de Ildefonso Cerdà para Barcelona o los de Ebenezer Howard —con sus ciudades jardín— y Charles Fourier —con sus falansterios— respondieron a la misma crisis industrial con temporalidades distintas: el control del presente, la promesa higienista, la utopía comunitaria. Ninguno cuestionó de quién era el futuro que diseñaba. Brasilia lo hace visible en otra escala, con otra violencia. La capital construida por Oscar Niemeyer y Lúcio Costa en los años cincuenta no fue solo la materialización del futuro desarrollista latinoamericano, sino la imposición de una temporalidad sobre otras. Las comunidades que habitaban el Planalto Central no estaban atrasadas respecto de ese futuro; estaban fuera de él. Sus formas de habitar el tiem- po —sus calendarios, sus vínculos con el territorio, sus ritmos— no tenían lugar en la agenda. Miles de trabaja- dores, conocidos como los candangos, la construyeron en menos de cuatro años, entre 1956 y 1960, bajo condiciones arduas; una vez terminada, muchos fueron expulsados a las periferias. Brasilia no fracasó como proyecto urbano, y en muchos sentidos fue un éxito técnico y simbólico. Pero su historia es el registro preciso de lo que cuesta imponer un futuro ajeno: lo que se borra para que el plano funcione. Enunpresente atravesadopor crisis ecológicas, desigual- dad urbana y agotamiento del imaginario del crecimiento, leer la ciudad como archivo de futuros pasados permite desmontar varias ilusiones. Obliga a preguntar progreso para quién, orden para quién, modernización a costa de quién. Pero permite también recuperar algo que suele que- dar fuera del debate: los futuros cancelados, las alternativas que no llegaron a consolidarse, las temporalidades que fueron expulsadas del plan. No en nombre de la nostalgia, sino para interrogar las promesas heredadas y abrir otras formas de imaginar lo común. Porque eso es un futuro ajeno: no simplemente un futu- ro heredado, sino un futuro que organiza el presente desde una promesa que nunca fue nuestra. La pregunta no es entonces qué ciudad queremos. Es si somos capaces de re- conocer en qué ciudad ya estamos viviendo —y desde qué temporalidad fue diseñada. Vista del CongresoNacional en Brasilia, diseñado por el arquitectoOscar Niemeyer. Crédito: Antonio Scorza /afp. 21

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