Palabra Pública N°36 noviembre - diciembre 2025 - Universidad de Chile

hasta las doce del día en punto. Cuando sonaba la sirena de bomberos, la batalla de la Chaya se detenía. Por eso coreába- mos los últimos segundos mojándonos con ganas, como si estuviéramos contando los segundos para el año nuevo. Fui una niña retraída que nunca salía de casa, pero el Día de la Chaya y la Cruz deMayo eran paramí importantísimos eventos, los únicos capaces de sacarme de mi ostracismo infantil habitual. Los disfrutaba profundamente y creo que tiene que ver con esto: vengo de una casa donde el tacto afectivo—la caricia, el abrazo—no era importante, y quizás por eso estas fiestas desataban en mí una especie de punto de fuga, una felicidad de contacto con otros amparada en el júbilo colectivo. Refugiada en el jolgorio popular y la tradi- ción,me sentía parte de algo. De forma real o simbólica, eran expresiones donde mi individualidad se disolvía en un acto colectivo. Ambos tienen que ver para mí con el tacto, vale decir, con lo háptico, pues son expresiones que nacen de lo tangible. El agua—como caricia o como golpe—era una po- sibilidad de contacto, así como la procesión de Mayo era la posibilidadde encarnar uncuerpomóvil, concreto, palpable. En los dos casos, el cuerpo cercano de los otros, en el juego y el divertimento, permitía tocar y ser tocado. La piel es el mayor órgano del cuerpo, con una super- ficie aproximada de dos metros cuadrados. Es el órgano liminal, la frontera donde se producen los intercambios de información, de materia y de afectos entre el organis- mo y su entorno. Es el símbolo del cuerpo en el espacio social. Por la piel discriminamos, trazamos clases socia- les; por la piel cultivamos vínculos afectivos y su ausencia es un síntoma de desapego. Los regímenes de lo háptico nos indican el grado de familiaridad y cercanía entre los miembros de una sociedad. Los amantes se besan en la boca, al jefe se le da la mano, al delivery se procura no to- carlo cuando recibimos una entrega. Los ritos de tocar y ser tocado que envolvían las tradi- ciones locales —el abrazo de año nuevo con los vecinos que apenas conocíamos, por ejemplo— se han perdido en el mundo globalizado de pantallas y computadores, de desconfianza y sensación de inseguridad. Ya no se toca a desconocidos; los niños están más seguros en sus casas viendo televisión o jugando en la Play. Se comparte la vida personal en las redes, pero no se trata de la vida real, sino de una proyección de momentos, en general felices. Pero no se conoce en realidad al otro, porque no se le toca, no se le palpa. Más bien se proyectan los sujetos desde lo visual y lo sonoro. No quiero decir con esto que todo tiempo pasado fue mejor. Solo me queda la nostalgia, ese fantasma del pa- sado que se niega a morir en el recuerdo. Prendergast, Maurice. May Day, Central Park (1901). Crédito: ClevelandMuseumof Art. 44

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