Palabra Pública N°36 noviembre - diciembre 2025 - Universidad de Chile

su tía Mimí en 1972: se trata de la mítica antología Poesía en movimiento , que reúne una muestra de poemas publicados en México entre 1915 y 1966. La tía Mimí era evangélica, lo cual se refleja en su dedicatoria: “Ninguna poesía del mejor poeta del mundo, ningún pensamiento del más exquisito ser humano serían acomodados a tu cultura y belleza, sólo DIOS, preciosa sobrina, podría calificarte, ámale y dale gracias por todo lo que te ha dado”. Desde el complejo de Edipo concuerdo con la tía Mimí, quien nunca se imaginó que sería yo y no su preciosa sobrina el que iba a aprovechar esa antología, devorarla, imitarla, sobarla por las noches, hacerla vibrar con la pronunciación entusiasmada de los versos de Castellanos, Villaurrutia, Gorostiza y muchos más. Ese libro me confrontó tempranamente con mi voca- ción. Aquí estoy, medio siglo después de esa dedicatoria, escribiendo pésimas dedicatorias en las portadillas de mis libros, cuando alguienme pide que se los firme. Más acá de las palabras, un libro es una cosa de papel. Esa cosa tiene historia, ocupa espacio, pesa, dura, habla. Como está hecho de una fibra suave y porosa, se presta a la escri- tura. Aparte de dedicatorias, los libros pueden anotarse y subrayarse. Tengo aquí una biblia negra de tapas duras en la que mi abuela subrayó únicamente versículos del Apo- calipsis. Ella estaba convencida de que sus profecías ya se estaban cumpliendo y por eso las marcaba con espanto rec- tilíneo. Léelas, me insiste desde las páginas finales de ese volumen, el mundo ya está a punto de acabarse. En la última página de muchos libros he creado índices personales: números de página, citas, palabras clave para volver a un párrafo deslumbrante. He asentado fechas (el día que terminé la lectura), juicios, confesiones. Recuerdo una novela en la que escribí, penosamente, como para recordar- me algún día que fui joven: “Terminé de leer enamorado”. Todo eso forma parte de mi vida. Y cuando yo me muera, quedará ese rastro, suficiente paramí si alguien lo aprecia. Cada día aumenta la esperanza de vida y, sin embargo, creo que somos, ahora más que nunca, mortales. Nadie come nuestra carroña, nadie hereda nuestro nombre y nuestras cosas. A través de los libros subrayados, dedi- cados, anotados, erguidos contra el muro durante siglos, persiste la memoria de lo que fuimos, y a través del papel seguimos siendo. Esta formamodestade la inmortalidadnopuede alcanzar- se sin libros tangibles que la gente imprime, vende, compra, revende, obsequia, dedica, guarda, hereda.Mimadre y su tía, mi bisabuelo y su compadre, el marqués andaluz y el mag- nate neoyorquino: con todos ellos he compartido el tacto de ciertos objetos que le handado rumbo ami vida. Los he toca- do, como escribí al comienzo, pero tal vez debería decir que ellosme tocaron amí. Ejemplar de Triunfos de Petrarca, publicado en 1484, uno de los libros impresosmás antiguos del mundo. El libro es parte del Archivo Central Andrés Bello de la U. de Chile, y llegó a su acervo tras la donación que hizo PabloNeruda de su biblioteca en 1954. 13

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