Palabra Pública N°25 2022 - Universidad de Chile

sí podemos encontrar un asunto co- mún: los grandes hitos de la historia deben ser empujados por hombres, y de eso se encargan tanto los prota- gonistas como sus relatores, contem- poráneos o posteriores. No es entonces una cuestión que pueda verse simplemente desde una posible esencialidad masculina, sino como un sistema complejo de enunciación y opresión que, en este caso —como en muchos otros—, está indisolublemente mezclado con el imperialismo, los intereses económicos, el nacionalismo vacío, el extractivismo, la disponibilidad de ciertos cuerpos a la violencia de otros. Las mujeres sí aparecen en esta guerra: como madres que huyen con sus hijos, como víctimas de la destrucción, de la muerte. Y lo son. Pero nadie les pregunta cómo se pudo evitar esto. Son cuerpos con llanto, pero sin voz. La cita que encabeza este texto pertenece a un conoci- do ensayo de Virginia Woolf titulado “Tres guineas”. En él, Woolf estructura una respuesta a la pregunta que le hace un abogado sobre el origen de la guerra. En su pre- gunta, el reputado señor le pide, además, una donación para la causa antibélica. Woolf decide entonces donar tres guineas, pero no para las organizaciones contra la guerra, sino para la educación y autonomía de las mujeres. Las mujeres no deberían sumarse a las palabras y los méto- dos establecidos por la cultura que las oprime, sino crear nuevos métodos, estrategias y sentidos emanados de la conquista de su propia libertad y su propio pensamiento. Tenía ocho años cuando vimos en familia el inicio de la Guerra del Golfo por la televisión. Nunca olvidé esas imágenes del todo extrañas, oscuras, atravesadas por algo parecido a un rayo láser. ¿Así se veía la guerra? Lucecitas verdes cruzando un cielo negro. No tenía ningún sentido. ¿Cómo se sabe quién gana una guerra?, le pregunté esa noche a mi mamá. Nadie gana en una guerra, me res- pondió. Lamentablemente, creo que se equivocaba. En las guerras sí hay ganadores: ellos escriben la historia, construyen el sistema, se reparten las riquezas y, cuando ese sistema ya no soporta más opresión y violencia hacia quienes nunca ganaron nada, cuando la rabia empieza a bullir, pues comienzan otra guerra. Ninguna de estas gue- rras imperialistas termina liberando a nadie, solo siembra la semilla para que una nueva violencia se desate. El 16 de marzo pasado, el presidente de Ucrania dijo al Congreso de los Estados Unidos que “Ucrania vive un terror no visto en 80 años en Europa”. El olvido y la desidia también son parte de este desastre. Porque poco más de un año después de las lucecitas verdes en el cie- lo negro transmitidas por la televisión, nuevas escenas, PAULA ARRIETA GUTIÉRREZ Artista visual. Doctora en Historia y Teoría de las Artes y académica del Departamento de Teoría de las Artes de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. esta vez menos abstractas, más brutalmente figurativas, llegaban justamente de Europa. ¿Así se ve la guerra? No había siquiera soldados, sino gente cruzando una calle en Sarajevo que de pronto caía abatida. Una vez en el piso, el cuerpo no se movía más. Las fechas no calzan, la memoria es frágil cuando se trata de un nuevo conflicto. Y si no es posible descifrar la complejidad de las gue- rras repitiendo las vías, lógicas y argumentos que las han construido, tampoco podemos contentarnos con fijar los ojos en Ucrania e impactarnos ante la violencia que gol- pea una vez más al mundo. No se pueden hacer a un lado las constantes agresiones bélicas imperialistas que Occi- dente ya naturalizó con una hipocresía insoportable. La lista es larga. Elijo aquí no olvidarme de una: la lucha incansable de mujeres, niñas y niños en Palestina bajo ataque, contra una ofensiva colonial y racista permanente ante el conveniente silencio del mundo. Mientras la estructura del discurso imperialista use la palabra “paz” para poner un manto sobre las atrocidades que suceden en aquellas partes del mundo que tienen menos prensa que Europa; mientras las ideas estáticas y vacías sobre civilización y democracia sigan actuan- do como lavado de imagen del racismo y la xenofobia; mientras las leyes de paridad aseguren un espacio para las voces de las mujeres en lo público y mientras las mujeres tengan voz pero todavía no sean escuchadas como suje- to político, estamos condenados a eufemismos eternos, a palabras vaciadas que no nombran la inmensa y per- manente violencia del neoliberalismo colonial, racista y patriarcal por definición. Flickr <def> 11

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