Palabra Pública N°16 2019 - Universidad de Chile

“La crisis social nos recuerda que el niño vulnerable no sólo queda excluido de participar de la vida ciudadana y política, sino que también permanece expuesto a la violencia impune de las instituciones”. POR CAMILO MORALES RETAMAL masivas en el metro, sino también como un grupo de la sociedad que ha desafiado los discursos e imaginarios hege- mónicos sobre la infancia. Uno de estos discursos recae sobre la idea de vulnera- bilidad y protección. En el contexto de crisis social se ha promovido la idea de que los niños deben ser protegidos contra toda forma de violencia y, en consecuencia, deben ser marginados de cualquier espacio de manifestación y ex- presión de demandas ciudadanas. Paradójicamente, por dé- cadas se les ha vulnerado impunemente a través de la fuerza policial y políticas públicas que en nombre de la protección y la caridad han terminado por producir un daño irrepa- rable que se traduce en negligencia y maltrato sistemático por parte de algunas instituciones del Estado, pero también en la ruptura de los vínculos y el desarraigo de espacios de pertenencia con sus entornos y comunidades. El niño vulnerable, objeto de la protección, es conside- rado como incapaz y dependiente; el sistema puede garan- tizar su supervivencia, pero avasallar su experiencia subjeti- va. Así se ha evidenciado en los últimos 30 años —incluso tras la ratificación de la Convención de los Derechos de la Niñez—, pues pese a todas la recomendaciones y observa- ciones que establecen la urgencia de diseñar e implementar un sistema de cuidado de las infancias que responda in- tegralmente a sus necesidades y acompañe sus trayectorias de vida, se ha optado por mantener políticas de carácter atomizado que producen la fragmentación del niño en pro- gramas e intervenciones que no dialogan ni se encuentran. La crisis social nos recuerda que el niño vulnerable no sólo queda excluido de participar de la vida ciudadana y polí- tica, sino que también permanece expuesto a la violencia impune de las instituciones. La contracara de la infancia vulnerable es aquella que interpela al discurso hegemónico a través del despliegue de acciones que promueven el cambio y demandan mayores espacios de reconocimiento y participación en ámbitos de decisión que afectan la vida cotidiana y los entornos más próximos. De este modo, la infancia emerge en su dimen- L a crisis social y política de nuestro país ha instalado en el centro de la reflexión el problema del malestar como efecto de la violencia estructural que recae, bajo diversas formas, sobre las vidas cotidianas de los ciudadanos y ciudadanas. La indignación está dirigida hacia un sistema que se percibe como indolente y vulnera- dor, pues no reconoce los efectos de su accionar, particu- larmente cuando se trata de formas de vulneración y abuso que comprometen la dignidad del otro y los vínculos de confianza, elementos necesarios para configurar una socie- dad democrática y justa. Lo que hoy estalla y hace crisis proyecta sus esquirlas en diferentes campos de la sociedad. Los graves efectos de la violencia no sólo se circunscriben al período del estallido, sino que en varios casos recorren cicatrices que hablan de un sufrimiento anquilosado en las experiencias cotidianas de algunos grupos que, en clara desventaja, no han encon- trado por parte de las instituciones respuestas que ofrezcan un porvenir. Dentro de este grupo se encuentran niños, niñas y adolescente que, en medio de la crisis social, nos interpelan en al menos dos dimensiones: la vulnerabilidad y la capacidad de participación. Históricamente invisibilizados y silenciados, los niños y jóvenes de nuestro país han ocupado un lugar determinan- te en esta crisis. No sólo como los artífices del momento inaugural de las manifestaciones, a través de las evasiones Las infancias de la crisis 96

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