Palabra Pública - N°8 2017 - Universidad de Chile

POR AGUSTÍN SQUELLA Doctor en Derecho, Profesor de Filosofía del Derecho en la U. de Valparaíso. Miembro de Número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile. Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales. FOTO U. DE VALPARAÍSO / ALEJANDRA FUENZALIDA T ratándose del tema de la fe, la pregunta suele ser tan simple como “¿cree usted en Dios?”, y parece conducir sólo a dos posibles respues- tas, sin dejar espacio para otras réplicas igualmente plausibles y que sus sostenedores desearían poder explicar más allá de un simple “sí” o “no”. Lo que quiero decir es que ante una pregunta como esa ca- ben más de las en apariencia dos únicas respuestas posibles, porque para no pocos hombres y mujeres la existencia de Dios –utilizando una imagen literaria de John Updike- se presenta como algo más bien bo- rroso e incógnito, “como una cara a través del cristal empañado de un cuarto de baño”. En efecto, entre aquellas dos respuestas más habitua- les –“sí, creo”; “no, no creo”- es posible identificar a lo menos cinco diferentes alternativas que se sitúan en distintos puntos de una extensa línea que se po- dría trazar entre aquel par de conclusiones extremas y excluyentes. Dichas posiciones son la del que opta por suspender todo juicio acerca de la existencia de Dios; la del que duda de esta misma existencia; la del que cree sólo en la posibilidad de la existencia de un ser superior; la del que afirma la existencia de Dios, pero declara que ¿ES CHILE UN ESTADO LAICO? este no es cognoscible por la mente humana; y, por último, la del que únicamente cree que cree. La primera de aquellas posiciones –suspender todo juicio sobre la existencia de Dios- es la del que se considera agnóstico, esto es, de quien declara no sa- ber, ni ser asunto posible de saber, si Dios existe o no. La respuesta que dio alguna vez Jorge Millas a la pregunta “¿qué pasa entre Dios y usted?” podría ilustrar esta posición: “Entre Dios y yo no ocurre nada”, respondió el filósofo. “Si me ha creado, no lo sé; si su Providencia me conserva, no lo noto. No conozco ni el temor de su justicia ni la confianza de su amor, ni la bendición de su misericordia. Digo “Dios” y me envuelven las tinieblas; pierdo al ins- tante lo único que me salva del aturdimiento ante el misterio de la rutina del universo, que es mi peque- ña capacidad de pensar”. La segunda posición –todavía más alejada del puro y simple ateísmo, pero distante, a la vez, de la firme actitud del creyente- es la de un estado de duda o de indecisión ante Dios. Juan de Mairena, el fabuloso personaje imaginario de Antonio Machado, consti- tuye un buen ejemplo de ella, como se desprende de su conocida sentencia: “A Dios, además de creer en P.45 Dossier / Nº8 2018 / P.P.

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