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Refiriéndose a la sociedad de Buenos Aires de principios del siglo XX,
Juan Agustín García, juez y escritor argentino, escribía: “Una legislación
inadecuada que violentaba las tendencias naturales del país, produjo como
consecuencia forzosa la corrupción general. La podredumbre se inicia en
las capas superiores, desciende y se infiltra en todo el organismo social, co-
rroyendo sus fuerzas más vivas. Las personas de elevada posición, los acau-
dalados, consiguen las concesiones, monopolios y privilegios sobornando a
los funcionarios; los otros se arriesgan en el delito. Desde el alto empleado
al esclavo, todos viven en una atmosfera de mentiras, fraudes y cohechos.
La sociedad se educa en el desprecio de la ley; idea tan dominante y arrai-
gada que a poco andar se transforma en sentimiento, se incorpora al por-
teño, pervirtiendo su inteligencia y moralidad. Lo peor del caso es que el
historiador no puede condenarla; una suprema necesidad excusa y justifica
todo; se veían obligados a fomentar el germen pernicioso que continua-
ra debilitando a la sociedad argentina; por eso han preferido siempre los
hombres a las leyes y los caudillos a las ideas”
(13)
.
Si lo descrito por Juan A. García un siglo atrás continúa afectando a Ar-
gentina, resulta difícil creer que la integridad ética de la investigación
científica se ha mantenido incólume frente al avance de esa enfermedad
social.
Corrupción y ensayos clínicos
La vigésima segunda edición del diccionario de la Real Academia Españo-
la define “corrupción” como “la práctica consistente en la utilización de las
funciones y medios de aquellas (organizaciones) en provecho, económico
o de otra índole, de sus gestores”.
El diccionario Merrian-Webster tiene una acepción más amplia: Es un
deterioro de la virtud, integridad o moral.
Para Luis Moreno Ocampo, fiscal de la Corte Internacional Criminal,
“corrupción no es solamente un acto en contradicción con la ley. Es un
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