Monumentos espectrales. Desajustes del audiovisual chileno con la historia y la memoria

94 Hans Stange y Claudio Salinas adquieren una resonancia inusitada que, según Buonanno, cumple al menos tres funciones: una fabuladora, cuyos re- latos nos hablan a nosotros y de nosotros; una función de familiarización con el mundo social (al preservar, construir y reconstruir sentidos comunes) y la función de manteni - miento de la comunidad (1999, pp. 62-66). La televisión es omnipresente en las sociedades con- temporáneas: Amada y odiada, valorada o denostada, la televisión no deja a nadie indiferente y, a pesar de la multipli- cidad de dispositivos disponibles en la actualidad, sigue siendo la reina indiscutible entre los medios de comunicación. Así lo demuestra la VIII Encuesta Nacional de Televisión, donde se indica que «aunque los hogares están altamente equipados, existiendo en ellos múltiples pantallas cuyos dueños son diferentes integrantes de la casa, se mantiene un alto porcentaje de consumo de televisión en familia» (CNTV, 2015, p. 23). Un 93,9% de las personas encuestadas dice ver televisión abierta y sólo un 13,3% consume contenido audiovisual a través de Internet (Antezana, Espinoza e Ibáñez, 2016, p. 11) Esta característica hace de la televisión un medio enormemente heterogéneo, cuyos discursos, por tanto, pre- sentan rasgos bien específicos: son fragmentarios, dispersos, demandan una atención «distraída», producen un consumo interrumpido, redundante y discontinuo. Ver televisión es exponerse a un discurso de fisonomía particular, que no nos impide participar de otras interacciones sociales, que se inserta en nuestras prácticas cotidianas y se desvanece rápidamente como la lluvia. A pesar de esto, los estudios sobre los discursos televi- sivos suelen repetir esquemas analíticos desarrollados hace décadas, acumular casos de los que no se extraen ideas com- prensivas o segmentar el fenómeno en distintas áreas que no siempre logran complementarse. Existen así ramas de

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