MEMCH una historia de organización feminista 1935-1953

204 asignándoles temas de discusión, en la tradición de las organizaciones sindicales masculinas 512 . Las actividades educacionales del memch de Santiago o de provincias eran, no obstante, solo parte del proceso de desarrollo. La participación en la organización, en particular a nivel de directiva, era una experiencia educacional y un desafío en sí misma. Primero que nada, la organización era exclusivamente femenina. Esto significaba que las mujeres no eran automáticamente relegadas a realizar tareas «femeninas» como decorar la sala de reuniones u ocuparse de proporcionar comida y bebidas para los compañeros, que era lo que hacían en las organizaciones mixtas. En cambio, tenían que preocuparse de crear un programa y de hacer funcio- nar la organización, con todo lo que ello conllevaba. Se suponía que los comités locales debían mantener al día las listas de afiliadas y tenían que crear un sistema para controlar el pago de las cuotas mensuales. La tarea de la secretaria de finanzas era mantener los libros con las entradas y salidas del dinero de la organización. El diez por ciento del ingreso de los comités locales debía ser enviado a Santiago para cubrir los gastos del Comité Ejecutivo Nacional (cen). Los comités provinciales llevaban estas tareas orgánicas con variados grados de sofisticación, pero trataban de cumplir con los requisitos 513 . A través de estas actividades, las memchistas se volvieron más experimentadas en el manejo de las finan- zas, en el envío de telegramas y remesas de dinero. Debían buscar salas para reuniones, exhibiciones y veladas a beneficio, imprimir volantes y distribuirlos. Tales actividades no estaban necesariamente entre las expe- riencias de la vida normal de las mujeres de la clase obrera e, incluso, de la clase media. El tratar con éxito tales materias le daba a las memchistas la sensación del deber cumplido. El contacto regular con la directiva nacional dio a las dirigentes provin- ciales una creciente familiaridad y autoconfianza al tener que expresarse por escrito. Algunos comités tenían acceso a máquinas de escribir, lo que les ayudaba a confeccionar cartas con un aspecto profesional y a disimu- lar, al menos, la mano inexperta, aunque no podían esconder las faltas de 512 Carta de Graciela López Vega a Caffarena, Curicó, 28 de diciembre 1938; «Informe del Comité Regional del Movimiento Pro-Emancipación de la Mujer Chilena», Valdivia, 3 de octubre 1937. 513 Algunos comités incluían balances y listas de adherentes con su correspondencia; otros necesitaban ser picaneados para enviar a Santiago, por lo menos, las direcciones de la directiva local.

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