MEMCH una historia de organización feminista 1935-1953

134 A pesar de que las entrevistas proporcionaban información sobre la desigual distribución del trabajo doméstico y la atención a los hijos en una pareja que trabajaba, esto no era cuestionado. Una memchista que visitó la escuela nocturna de la organización se sintió muy impresionada por la dedicación de las estudiantes. Sin embargo, no encontró proble- mático que una de las mujeres que alabó en particular «tuviera que dejar sus ollas hirviendo en la cocina, porque justo cuando la clase terminaba llegaba su marido y debía encontrar la comida lista» 294 . La distribución desigual del trabajo en el hogar tampoco tuvo mucha injerencia en las discusiones sobre la participación sindical de las mujeres. Si las mujeres querían mejorar sus condiciones económicas y lograr su «emancipación económica», su «primer deber» era luchar por sus inte- reses dentro de los sindicatos. Solo sindicatos poderosos que representa- ran a la mayoría de los trabajadores podían presionar a los empleadores y al gobierno para hacerlos cumplir con las leyes sociales y aumentos de sa- larios, y esto no solo era importante con respecto a la legislación de géne- ro, sino también vital para el mejoramiento de las condiciones de los tra- bajadores de ambos sexos. El memch denunció la falta de compromiso de las mujeres con los sindicatos y sugirió en algunas oportunidades que las mismas mujeres eran culpables de sus malas condiciones laborales 295 . El memch adujo ciertos factores psicológicos como circunstancias atenuantes. Las mujeres obreras mostraban un «espíritu de resignada sumisión», que conducía a una «indiferencia por la lucha». Clara Wi- lliams, inspectora del trabajo, señaló que había aún muchas mujeres que consideraban su trabajo como temporal, esperando algún día «formar su hogar y dejar de trabajar». No consideraban su trabajo como algo permanente y por eso no participaban en la lucha por terminar con los salarios miserables y las malas condiciones laborales. Además de esto, muchas mujeres no querían arriesgar su trabajo al afiliarse al sindicato 296 . El obstáculo más objetivo y específico de género en la participación de la mujer en los sindicatos eran las «obligaciones en el hogar» que seguían a las largas jornadas de trabajo. Esto fue reconocido de un modo superfi- cial. Clara Williams admitió, al menos, que una trabajadora «tenía pocas oportunidades de asistir a reuniones, pues sus responsabilidades en el 294 La Mujer Nueva 25 (septiembre 1940), 4. 295 La Mujer Nueva 2 (diciembre 1935), 3. 296 La Mujer Nueva 3 (enero 1936), 4; La Mujer Nueva 8 ( julio 1936), 4.

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