Estudios en homenaje al Dr. Gilberto Sánchez Cabezas

423 L a belleza de los copihues …/ Edgardo Alarcón Romero abrazados en la dicha de ser, compartiendo el placer de vivir, poesía inmar- cesible, que engendra de hermosura los versos humanos, este es el epicentro del amor volcánico, cuya lava no quema, sino fortalece la escritura vivencial, trasciende el perfume de los copihues milenarios. De esta poesía es de la que hablo, de la belleza de vivir, de compartir el agua en un vaso de greda, tan dis- tinto a las copas de cristal, que traen anuncios incomprensibles y esculpidos en trazos dorados, que pronto se quiebran y desaparecen, hiriendo las manos que se unen, sangrando la desconfianza y lamentablemente el odio abrasador en los paisajes de estos tiempos, en que con la urgencia del vivir, a más de al- guien se le ha olvidado que la vida existe, que las miradas rehacen un día y un gesto ilumina el mundo. De cosas simples estamos tejidos, al igual que los pé- talos de un copihue, que son frágiles y hermosos, y la vida es una gota de rocío que desciende por su cuerpo, que besa la tierra, y no desaparece: es lágrima de amor que espera otra semilla para brotar, renacer y compartir sus sueños. No podemos pensar que la muerte es una puerta cerrada, con su candado enmohe- cido por la lejanía y el olvido, las miradas cotidianas me han anunciado algo distinto, y así en mi infancia me encontré con un zapato viejo, que emergía de las cenizas de una fosa común, que el viento fue desenterrando; mis pequeñas manos continuaron este trabajo, terminé de liberarlo, le desabroché los cor- dones creyendo que volaría con mis sueños, y al no ser así, lo dejé al costado de una tumba abandonada, y casi todas las noches intentaba imaginarme a la persona que lo había ocupado, de sus proyectos y de su vivir, de algunos sufri- mientos incomprendidos, zapato de una mujer, que antes de emprender viaje hacia un mundo desconocido, le regaló un beso a su niña solitaria: a la poesía. La poesía de los sentimientos es la más hermosa que he leído, no está en las páginas de los libros, habita en la naturaleza, y es la vida misma. No quisiera dejar inconcluso este paisaje real, vivido en tiempos aparentemente lejanos, porque a los jardines de la vida y a los jardines de la muerte los separa un río de leves aguas. Ese mismo otoño de hojas quebradizas, en que el viento sil- baba soledades entre los muros sombríos que conducen al campo santo de mi pueblo, me puse la bufanda azul que me tejió mi mamá, para protegerme de los suspiros escarchados del viento, y emprendí viaje, en una nueva búsque- da liberadora, volverlo a enterrar y dejar en su interior un puñado de semillas de flores silvestres, para verlas renacer en primavera. El ciclo de la vida es el tránsito renovador del amor y las nostalgias, palabras que vuelan y llegan a mis labios besándome, al igual que un río de lluvia que abraza a los copihues en el bosque, y me emociono al verlas revivir en una arpillera bordada con colores fraternales, en el trazo cromático y sugerente de una acuarela, en las cuerdas de un violín mensajero, o en un verso que despierta la belleza.

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