Pulvis et Umbra

28 del señor de Orgaz (1586-1588). Este hecho, ocurrido dos siglos antes, fue actualizado por el artista, quien puso de manifiesto la solemnidad y el carácter clerical del ritual funerario en el Antiguo Régimen. En un primer plano, vemos a San Esteban y San Agustín de Hipona que toman el cuerpo de Ruiz de Toledo para darle digna sepultura. En un segundo plano observamos a religiosos y hombres nobles que forman parte de la fatídica escena. En la zona superior, el artista nos propone una imagen celestial en la que destacan la Virgen y Juan Bautista, quienes, junto a Cristo resucitado, acogen el alma en ascenso de este noble católico. La solemnidad clerical y el ascenso simbólico del alma dejan paso a la cruda realidad de un ritual colectivo, donde el cuerpo vuelve a la tierra como parte de un ciclo vital. A mediados del siglo XVIII, Francia decretó el traslado de los cementerios fuera de los núcleos urbanos, decisión que se fundamentó en los problemas sanitarios que enfrentaban los entierros en las iglesias. Ese fue el caso del pueblo de Ornans, región de Borgoña, que a mediados del siglo XIX asumió la disposición y reubicó su cementerio en las afueras del poblado. Las consecuencias de este hecho quedan magistralmente registradas por el pintor Gustave Courbet en su obra Entierro de Ornans (1849-1850). En ella observamos una inhumación que no acontece en los alrededores de una iglesia, sino en una explanada, en medio del paisaje. La escena muestra la cruda realidad de la muerte y la desolación que inunda los rostros de los dolientes. La fosa funeraria, situada en el centro del cuadro, asume un protagonismo que contrasta con la imagen del sepul- turero arrodillado en espera del ataúd que portaban los cuatro hombres de la izquierda. El clero se hace presente, al igual que los deudos, humanizando la escena, la muerte se vive como un hecho cotidiano, donde el dolor se comparte en comunidad. A fines del siglo XIX y principios del XX, comienza a tomar importancia la fotografía de funerales, género que busca dejar registro del sepelio como aconteci- miento final. A través de estas fotografías se muestra la llegada del féretro al cemen- terio, el cortejo fúnebre y el entierro. Las imágenes eran presentadas en álbumes que permiten la comprensión de esta narración gráfica hecha para quienes se quedan: la descendencia y el propio entorno social del difunto (Salinero et al., 2024). El fotógrafo asume el papel de cronista de la muerte y registra de forma cronológica y subjetiva los hechos que acontecen frente a sus ojos. A partir de fotografías en blanco y negro, nos hace partícipes de una mirada que se construye desde la resignación frente a la pérdida. Son fotografías que perpetúan un hecho significativo, cuya dimensión simbó- lica nos recuerda nuestra frágil y efímera existencia.

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