Para que nadie que atrás. A la memoria de nuestras(os) compañeras(os) y maestras(os)

262 Ojos grandes para ver la realidad Para quienes la recordamos, su rostro de ojos grandes y muy abier- tos para ver la realidad aún nos hace sentir que sabía exactamente cómo nombrar el mundo para que los demás lo entendieran mejor. Tenía una manera clara y serena de explicar los hechos, una ética firme y una curiosidad insaciable. En las redacciones y en la vida añoramos en el periodismo de hoy su rigor, por su mirada amplia y esa voz inconfundible que no necesitaba imponerse para ser escu- chada. Allí, en lo público, se entregaba por completo. Pero sobre sí misma, poco. No hablaba de su infancia en el campo junto a la inmensa familia campesina de los San Martin –“todos falangistas”– que luego se trasladó a La Pintana. No se refería a sus pérdidas, ni a sus alegrías más profundas. Cuando alguien intentaba acercarse demasiado, desviaba la conversación con elegancia. No era frialdad, era una frontera. Había decidido que su intimidad no sería materia de re- lato ni siquiera para quienes la querían. Su vida personal no estaba en disputa ni en exposición, simplemente no estaba disponible. Tal vez pensaba que, incluso para quienes viven de la palabra, el silencio también es una forma de decir. Juanita SanMartín, al fondo. Encuentro con amigas.

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