Para que nadie que atrás. A la memoria de nuestras(os) compañeras(os) y maestras(os)
Para que nadie quede atrás 261 Mi búsqueda comenzó entre los estudiantes “planetarios” demo- cratacristianos. Luego, con quienes trabajaron con ella en el diario de Agustín; enseguida, con los y las colegas del Fortín Mapocho, donde ella fue fundadora y pieza fundamental en el nacimiento y desarrollo de ese medio de comunicación antidictatorial; y con- cluyó, en el área de cultura del Ministerio de Educación. Dulce, cautelosa, franca, amorosa, enojona y exigente con los re- porteros gráficos para conseguir fotograf ías “apaisadas” –porque así era más fácil diagramar las páginas del semanario– según in- sistía. Notable trabajadora, pulcra en el lenguaje, estudiosa, estric- ta en la escritura. Así la describieron María Teresa Maluenda, Luz María de la Vega, Ruben Andino, Tito Palacios, Dante Castillo, y el gran director Jorge Donoso. Marcia Scantlebury la definió como un “ser de luz”. Todos coincidían con mi propia valoración de la “mija Juana” como le decía tan graciosamente Jorge Andrés Ri- Fundadora del Fortín Mapocho chards. Nuestro vínculo más estrecho se produjo en plena dictadura, cuando la visitaba en Morandé con Compañía, edificio de El Mer- curio, La Segunda y Las Últimas Noticias. Era un tiempo dif ícil y arriesgado para ambas. Yo le llevaba noticias e informaciones de los periodistas prisioneros y ella se mantenía en contacto con ese mundo precario de los perseguidos. Solidaria y atenta a retrasmi- tir a otros colegas que se mantenían dispuestos a colaborar en lo que fuera necesario. Nos reencontramos luego en el primer tiempo del Fortín, cuando la redacción se encontraba en una oficina “pobre de solemnidad” en la calle Agustinas. Allí, nuestra amistad se hizo más profunda y compartíamos periodismo, riesgos y almuerzos muy distintos. Mientras Juanita comía hojas de lechuga y frutas, yo saboreaba deliciosos completos. Mientras ella hablaba correctamente yo “empapelaba” a improperios a Carabineros que reprimían las pro- testas, marchas y reuniones contra la dictadura. Debo decir que nunca logró corregirme ni con la comida ni en lo mal hablada. Había nacido en Curicó, un 24 de junio en el día de San Juan que es una celebración mágica centrada en el fuego, agua y hierbas para purificar y atraer buena suerte. Rituales que incluyen quemar deseos escritos, saltar hogueras, baños de medianoche y tradicio- nes como poner tres papas bajo la cama para adivinar el futuro amoroso o financiero. Tal vez por eso siempre tuvo –para mí– un aura de espiritualidad profunda. Trabajaba en ejercicios terapéu- ticos, promovía la vida sana y comidas frugales. Mientras ella conocía de mis sentimientos y detalles más íntimos, nunca hablaba de su vida personal. Con suerte conocíamos del amor por sus sobrinos. Al repasar su vida, y a seis años de su par- tida, reflexionamos sobre sus pensamientos: creía en una natura- leza espiritual del ser humano que perdura después de la muerte y que continúa evolucionando en otras dimensiones existenciales. Juanita con Nivia Palma y Marcia Scantlebury.
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