Para que nadie que atrás. A la memoria de nuestras(os) compañeras(os) y maestras(os)
Para que nadie quede atrás 233 La legislación que excluía al periodismo como carrera universita- ria (1979) causó un gran revuelo transversal entre los profesiona- les. Se decidió convocar a una gran asamblea en el teatro Camilo Henríquez, presidida por el muy mercurial Lisandro Cánepa. Por primera vez el gremio entero se oponía a una medida de la dicta- dura. Lidia Baltra y un grupo de colegas habían preparado un texto que no trataba únicamente de las medidas que afectaban a la formación profesional, sino que describía uno por uno los “múltiples hechos que han dañado profundamente a la profesión”. Por primera vez se enumeraban públicamente los atentados a la libertad de expre- Contra la dictadura un voto, tan radicalmente opuesto al sistema de capitalista, donde el poder se concentra en quien tiene el dinero. Era fundamental entender que la comunicación es mucho más que el periodismo de medios, porque puede facilitar a la gente la comprensión de su realidad, puede unir a los que tienen los mismos intereses y fo- mentar la organización. En el ICECOOP y luego en GIA (Grupo de Investigaciones Agra- rias de la Academia de Humanismo Cristiano), junto con otros colegas, hombres y mujeres, Lidia trabajó en fomentar la organi- zación, valorando el aporte del campesinado a la sociedad en su conjunto a través de la radio y otros medios. Desde el primer día, la dictadura coartó la libertad de expresión. Al bombardeo de las plantas transmisoras de las radios afines al gobierno de la Unidad Popular, siguió el cierre de los medios es- critos de izquierda y se instalaron “censores” en los demás. Hubo periodistas detenidos y fusilados, otros partieron al exilio, muchos quedaron cesantes. Son hoy hechos conocidos, publicados. Se ce- rraron Escuelas de Periodismo, autorizando solo a dos. A fines de los 80, los colegios profesionales perdieron sus más im- portantes atribuciones, al convertirlos la dictadura en asociaciones gremiales. Entonces, nuestro gremio, era dirigido solo por personas proclives al régimen, designadas por el diario El Mercurio. sión y contra el gremio. El grupo eligió a Lidia para dar lectura al texto. Ella, con voz temblorosa, fue enumerando exhaustivamente las agresiones, incluyendo la ejecución de Carlos Berger en el nor- te, y la detención con desaparición de Guillermo Gálvez, Máximo Gedda y Diana Arón, sobre cuyos casos el grupo poseía mayores antecedentes. Terminada la lectura, hubo masivos aplausos. Era primera vez que alguien se atrevía a denunciar tales agresiones de la dictadura cí- vico-militar a la libertad de expresión y al ejercicio del periodismo. Ese fue el debut de Lidia en las lides dirigentes. La primera elección libre del Colegio de Periodistas fue a fines de 1980. Ignacio González (DC) fue electo presidente y Lidia Baltra (Izquierda Cristiana), consejera nacional con la mayoría de votos en la región Metropolitana. Más tarde fue Secretaria General. Lidia permaneció 14 años desempeñando diversos cargos en el Consejo Nacional del Colegio de Periodistas. Posteriormente, fue elegida Presidenta del Tribunal Nacional de Ética y Disciplina de la Orden. Pero la democracia que queríamos exigía más, mucho más. Con la mirada puesta en el futuro democrático que se trabajaba por cons- truir y la participación de docentes y estudiantes de periodismo, y las ONG ILET, ECO, CENECA Y TIAC, más la APJ (Agrupación de Periodistas Jóvenes), la Comisión de Perfeccionamiento del Co- legio, que dirigía Lidia Baltra, organizó en plena dictadura y con la libertad de reunión restringida, tres grandes seminarios en la Villa Camilo Henríquez de El Tabo, cuyo objetivo era discutir las bases de un sistema comunicacional necesario para la sociedad chilena una vez recuperada la democracia. Los seminarios de El Tabo dieron origen a una completa propuesta de un sistema de medios democrático, que en lo sustancial consi- deraba la comunicación como un derecho humano. La propuesta fue desestimada por los gobiernos de la Concertación. En sus memorias Lidia Baltra reconoce como una de sus grandes frustraciones “no haber encontrado la clave para convencer a los chilenos influyentes –políticos principalmente– sobre la impor-
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