La palabra maldita y otros escritos urgentes

80 con los codos y nuestro padre el Dante, el deste- rrado, conversará con sus propios florentinos de los cuales divorció sus huesos. Hasta puede decirse que una biblioteca se parece a pesar de su silencio a un pequeño campo de guerrillas: las ideas aquí luchan a todo su gusto. Nosotros, los lectores, solemos entrometernos en la brega sin sangre, pero lo común es que asisti- mos sin riesgo alguno al espectáculo gratuito y que enciende hasta a los tibios. Los más acuden a una biblioteca por encon- trarse a gentes de su credo o su clan, pero venimos, sin saberlo, a leer a todos y a aprender así algo muy precioso: a escuchar al contrario, a oírlo con gene- rosidad y hasta a darle la razón a veces. Aquí se puede aprender la tolerancia hacia los pensamien- tos más contrastados con los nuestros, de lo cual resulta que estos muros forrados de celulosa traba- jan sobre nuestros fanatismos y nuestras soberbias, según hacen la lima alisadora y el aceite curador. Pero sucede también que en ocasiones tene- mos aquí gozosos encuentros: eso pasa cuando nos hallamos con hermanos nuestros que vivieron lo

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