La palabra maldita y otros escritos urgentes
55 Pero lo más frecuente es sacarla a lucir cuando ella sirve de afirmadero para otros dioses. Se la trae, entonces, de carrera, como al santo mayor e indu- dable de la procesión («El Señor del Gran Poder» diría el español); su nombre se estampa en la sábana o el cartón más empingorotado que va en los desfi- les. Y se la vocea, se la vocea a toda garganta. Y es que sabemos, muy de pecho adentro, que ella es la fuente, el manadero, el punto en que se suelta el raudal de las aguas vivas. Sabemos que no es la segundona ni la mayordoma ni la ama, que es la madre, y que por su mano, de su mano, vienen las demás gracias y van cayendo los bienes de ella a nosotros uno por uno. Pero así y todo, hoy por hoy esta persona tan honrada e indudable, anda harto discutida, si no en la calle, en los hogares cerrados. En caserones burgueses tanto como en covachas, hacia derecha e izquierda, por bocas ilustradas y por bocas pro- letarias. Circula esta culebrilla negra, sesgando de malicia y sacando afuera la lengüecilla fea:
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