La palabra maldita y otros escritos urgentes
54 confesados ignoren que la libertad vale tanto como pan y frejoles. Poco después de la frase ya dicha, añade el mozo (mozo era, y además talentudo): —Ese vejestorio de la libertad. Entonces yo le contesto: —Vieja no es, recién nacida está la pobre, y no es cosa de matarla antes de que corra por sus pies. Tal vez ni está gateando, puede ser que apenas eche su primer vagido. Aprenderla cuesta muchísimo al alma del crio- llo. Hacia atrás tenemos, de un lado, el clan indio, del otro, los «pronunciamientos» españoles. Con lo cual el espíritu nuestro la tartamudea penosa- mente, como a una palabra llena de x y de k, azteca o quechua. Otras veces la esquivez o la mala gana hacia ella se nos emboza en puro silencio.
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