La palabra maldita y otros escritos urgentes

48 49 Chile, rompiéndolo todo para salvar una sola cosa, no habíamos vivido con nuestra expectación un trance semejante. Mr. Hoover, mal informado a pesar de sus vein- tiún embajadas, no sabe que el hombrecito San- dino, moruno, plebeyo e infeliz, ha tomado como un garfio la admiración de su raza, excepto uno que otro traidorzuelo o alma seca del sur. Si lo supiese, a pesar de la «impermeabilidad» a la opinión pública de la Casa Blanca (la palabra es de un periodista yanqui), se pondría a voltear esta pieza de fragua y de pelotón militar, tan parecida a los Páez, a los Artigas y a los Carreras, se volvería, a lo menos, caviloso y pararía la segunda movilización. El guerrillero no es el mineral simple que él ve y que le parece un bandido químicamente puro; no es un pasmo militar a lo Pancho Villa, conges- tionado de ganas de matar, borracho de fechoría afortunada y cortador de cabezas a lo cuento de Salgari. Ha convencido desde la prensa francesa y el aprecio español hasta el último escritor sud- americano que suele leer, temblándole el pulso, el cable que le informa de que su Sandino sigue vivo. Tal vez caiga ahora esa cabeza sin peinar que trae locas las cabezas acepilladas de los marinos ocupantes; tal vez sea esta ocasión la última en el millar de las jugadas y perdidas por el invasor. Ya no se trata de una búsqueda, sino de una cacería, como decimos. Pero los marinos de Mr. Hoover van a recoger en sus manos un trofeo en el que casi todos los del sur veremos nuestra sangre y sentiremos el cho- que del amputado que ve caer su muñón. Mala mirada vamos a echarles y un voto diremos bajito o fuerte, que no hemos dicho nunca hasta ahora, a pesar de Santo Domingo y de Haití: «iMalaven- turados sean!». Porque la identificación ya comienza y la muerte de Sandino se hará de un golpe quedándose en el bloque. El guerrillero es, en un solo cuerpo, nues- tro Páez, nuestro Morelos, nuestro Carrera y nues- tro Artigas. La faena es igual; el trance es el mismo. Nos hará vivir Mr. Hoover, eso sí, una sensación de unidad continental no probada ni en 1810 por la guerra de la Independencia, porque este héroe no es local, aunque se mueva en un kilómetro de

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