La palabra maldita y otros escritos urgentes

44 45 seguramente con estrofas, a lo mejor hasta con un período tremolante de nuestro Martí? Sobre- lleva su mala suerte de criatura del 1900, en que la malicia —en el sentido teológico de engaño— reúne a una ceiba de Cuba con el señor Machado en la misma complicidad. Al terminar, yo vengo a preguntarme, ¿por qué escribo este articulejo político, yo, que no tengo manía política? Y me contesto rápidamente: porque el artículo de marras sobre la ceiba de La Habana me ha irri- tado una de mis bravas pasiones: la pasión fores- tal, tan fuerte en mí como la de las bestezuelas. Me deja sin cuidado que la gente de Brooklyn o de la Nicaragua oficial digan, sobre la visita de vistas de míster Coolidge, cosas embusteras. Al cabo, la san- tidad de la palabra nadie la defiende después que se nos murió Maragall. Pero las ceibas estaban toda- vía inéditas para «los hombres de engaño», que dice el Evangelio. ¿Por qué manosearlas y rebajar- les en prestigio vegetal? Me consuelo pensando en que no se les ocurrió elegir y plantar árbol de alianza en Chile durante la conferencia pasada. Habrían caído sobre la arau- caria, bastante limpia todavía de contaminación. Y me habría dado más pena. Al cabo, conozco menos a la ceiba que, sin embargo, me ha apesa- dumbrado tanto.

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