La palabra maldita y otros escritos urgentes

42 43 Pudieron, en vez de ceiba, plantar una caña —en tierra de caña—, símbolo más ceñido de la realidad. Así, los delegados mayores, los del Misi- sipi, se acordarían de que «casi es aire» de pura fina, esa armonía de las tres Américas desiguales: la América patrona, la América casi doméstica, que es la Central, y la América en tratamiento de domesticidad, que es la que sigue. Yo tengo muchos deseos de que la ceiba se les seque. ¿Por qué no ha de tener imperativo categó- rico también el pobre árbol bueno un poco madre de Maceo, el negro? Podría resultar ella con más vergüenza que un político, y secarse voluntaria- mente, parándose como el faquir la respiración y el suave pulso de la savia. Entonces podría lla- mársele con nombre tan largo como en las fábu- las: «La ceiba-decorosa como un hombre», «La ceiba-Martí» o «La ceiba-Maceo». No va a pasar eso. Ya es criatura fiscal, lo que vale decir bien nutrida, casi diplomática, y en las tempestades eléctricas de Cuba, cuando la isla se ve asaeteada desde el cielo como un san Sebastián maravilloso, para que no le vaya a caer un rayo, le pondrán encima un buen tallo de fierro preser- vador. El agua cae en abundancia y la helada no se conoce. Tampoco se puede aconsejar a los scouts , ni siquiera a Roig o a Massaguer, que la asierren a la mala una noche, porque la pobre no tiene la culpa de ser el testimonio próspero de una mentira. Ella es solo «la pobre ceiba de la amistad panameri- cana». Entra, pero por la puerta mala, en la jerar- quía de los árboles ilustres, del árbol de la Noche Triste y del árbol del tule de Oaxaca, que la mira- rán con desconfianza de gente de pura raza para la de sangre sospechosa. Yo no sé quiénes hicieron los discursos de la pobre ceiba. Seguramente no ha sido míster Coo- lidge, que apenas alcanzó a mirar la cara de los delegados y a decir sus afirmaciones rotundas de derecho de gentes contra el cielo absoluto de La Habana, donde las verdades y los embustes se ven tan netos como la derechura de la palmera. ¿Qué hará a esta hora la ceiba con sus tres discursos sobre la espalda ligera, entreverados

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