La palabra maldita y otros escritos urgentes

43 le pondrán encima un buen tallo de fierro preser- vador. El agua cae en abundancia y la helada no se conoce. Tampoco se puede aconsejar a los scouts , ni siquiera a Roig o a Massaguer, que la asierren a la mala una noche, porque la pobre no tiene la culpa de ser el testimonio próspero de una mentira. Ella es solo «la pobre ceiba de la amistad panameri- cana». Entra, pero por la puerta mala, en la jerar- quía de los árboles ilustres, del árbol de la Noche Triste y del árbol del tule de Oaxaca, que la mira- rán con desconfianza de gente de pura raza para la de sangre sospechosa. Yo no sé quiénes hicieron los discursos de la pobre ceiba. Seguramente no ha sido míster Coo- lidge, que apenas alcanzó a mirar la cara de los delegados y a decir sus afirmaciones rotundas de derecho de gentes contra el cielo absoluto de La Habana, donde las verdades y los embustes se ven tan netos como la derechura de la palmera. ¿Qué hará a esta hora la ceiba con sus tres discursos sobre la espalda ligera, entreverados

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