La palabra maldita y otros escritos urgentes

38 39 alzarla y más pesada para dejarla caer. Se le oye el resuello fatigoso y dan ganas de enderezarle el viento para que ayude sus pulmones. El señor Sacasa decepcionó a muchos que esperaban en él. Sandino endereza, hasta ahora, los entusias- mos que el otro dejó caer. L a p o b r e c e i b a Sandino con sus leales está cercado, cercado como una bestia fabulosa, como el onagro, como la Hidra de Lerna, como el dragón que comía poblaciones, en una quebrada pequeña de la mínima Nicara- gua. Le mandan dos mil tiradores (él tiene seiscien- tos pobres hombres a media hambre); le mandan varios aeroplanos, que no son el de Lindbergh, y no van tampoco a gozar el paisaje de Rubén Darío. Pero en La Habana los delegados de la confe- rencia plantan, mientras tanto, una ceiba como sím- bolo de la fraternidad del Nuevo Mundo. No dice el artículo lacrimoso que me informa, derretido de pasión botánica, quiénes han sido los de la idea. Suelen los yanquis tener unas ternezas que desorientan en sus caras rapadas, sus trajes caqui y sus polainas de cuero. Yo he oído a uno de estos, especie de míster Pershing con duras arru- gas de pescador, hacerme, con las lágrimas a medio * El Mercurio (Santiago), marzo de 1928.

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