La palabra maldita y otros escritos urgentes

35 En nuestro tiempo, a esta hora en que escribo, y con el derecho internacional que jiba al mundo, se está «discutiendo en La Habana el derecho a dis- cutir la cuestión de Nicaragua», y se oye, con una paciencia que yo llamaría de otra manera, el dis- curso con inflexiones a lo Marco Aurelio o a lo cuá- quero, de Mr. Coolidge. Su discurso de apertura en la Conferencia Panamericana será el ejemplar mejor de la literatura política del sepulcro blanqueado, que suelen enseñarnos las razas anglosajonas. La aseveración más grave que yo he oído es la de que «en Nicaragua los norteamericanos tie- nen razón porque apoyan a un gobierno aceptado por una mayoría a la cual la intervención yanqui da complacencia a causa de las ventajas y el logro material que lleva consigo». Son palabras de un joven nicaragüense, y no le han quemado la boca, ni siquiera alterado el ros- tro cuando me las repetía. «El derecho, si por tal hemos de entender la voluntad expresa de la mayo- ría, está con el señor Díaz». Y yo le he contestado el argumento, porque he aprendido en muchas fealdades semejantes de los políticos, a distinguir

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