La palabra maldita y otros escritos urgentes
16 La primera: «Gabriela, me ha hecho mucho daño un solo artículo, uno solo, que escribí sobre la paz. Cobré en momentos cara sospechosa de agente de sueldo, de hombre alquilado». Le contesto: Yo me conozco ya, amigo mío, eso de la ‘echa- da’. Yo también la he sufrido después de veinte años de escribir en un diario, y de haber escri- to allí por mantener la ‘cuerdecilla de la voz’ que nos une con la tierra en que nacimos y que es el segundo cordón umbilical que nos ata a la madre. Lo que hacen es crear mudos y por allí desesperados. Una empresa subterránea de sofocación trabaja día a día. Y no solo el perio- dista honrado debe comerse su lengua delatora o consejera; también el que hace libros ha de tirarlos en un rincón como un objeto vergon- zoso si es que el libro no es mera entretención para los que se aburren, si él enfrenta a la car- nicería fabulosa del nordeste.
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