Un puñado de almendras

63 Imperativo La orden fue: el animal o tú y tras apretar los dientes maldijiste a escondidas cada puto ancestro, volcán, hojarasca. Los ojos de la muerte se tornaron un famélico ladrido y una caricia a contrapelo saldó la traición. A la mañana siguiente un perro colgaba del árbol un ñachi canino, escena ingerida. Ahí entendiste que resistir era navegar hasta la orilla.

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