Un puñado de almendras

232 arrojo. Del mismo modo que me interrogan los prime- ros versos del tejado con flores de mi infancia. La poeta mapuche Viviana Ayilef señala: «No podemos escribir poesía en la flor sin señalar la sutileza de sus pétalos cuando van despertando. Cuando ganan color, cuando entregan su aroma. No podemos mencionar esa flor sin decir la arrancaron […] La información en destellos conduce al regreso. No se trata de una flor, se trata de nuestra historia. Por eso no podemos decir frescamen- te “es poesía nomás”, no queremos». Hasta el delicado movimiento de las flores puede encarnar una memoria de resistencia, un gesto político. Me interesan esas es- tratagemas sensibles para compartir la experiencia, la memoria. La forma en que elegimos escribir: la arranca- ron , el modo en que aparece en el lenguaje. Y allí, conta- minadas con el secreto del poema, con su contraseña y opacidad, otra abertura germina, la hendidura por don- de nos posibilitamos leer. Tal vez la poesía sea compartir, en un verano de cosecha, un puñado de almendras.

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