Un puñado de almendras
100 Todas las tardes anteriores a la misión nos echábamos en la sombra del bosque cobijadas por la humedad del follaje Era bonito estar así sólo navegando al tiempo y a lo inútil sin conjeturas Nos imagino ahora esperando que abra la flor del canelo como gesto ante el zorzal Pero las estrellas tenían razón: nunca seremos otra cosa más que seña de la sangre y esa herida no se borra Estamos sucias y ellos lo saben
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