Lagar

82 La fugitiva —Árbol de fiesta, brazos anchos, cascada suelta, frescor vivo a mi espalda despeñados: ¿quién os dijo de pararme y silabear mi nombre? Bajo un árbol yo tan solo lavaba mis pies de marchas con mi sombra como ruta y con el polvo por saya. ¡Qué hermoso que echas tus ramas y que abajas tu cabeza, sin entender que no tengo diez años para aprenderme tu verde cruz que es sin sangre y el disco de tu peana! Atísbame, pino cedro, con tus ojos verticales, y no muevas ni descuajes los pies de tu terrón vivo: que no pueden tus pies nuevos con rasgones de los cactus y encías de las risqueras. Y hay como un desasosiego, como un siseo que corre desde el hervor del Zodíaco

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