Lagar

70 El nombre no le den de su bautismo. Se soltó de su casta y de su carne, sumió la canturía de su sangre y la balada de su adolescencia. Sin saberlo le echamos nuestras vidas como una roja veste envenenada y baila así mordida de serpientes que alácritas y libres le repechan y la dejan caer en estandarte vencido o en guirnalda hecha pedazos. Sonámbula, mudada en lo que odia, sigue danzando sin saberse ajena, sus muecas aventando y recogiendo jadeadora de nuestro jadeo, cortando el aire que no la refresca única y torbellino, vil y pura. Somos nosotros su jadeado pecho, su palidez exangüe, el loco grito tirado hacia el poniente y el levante, la roja calentura de sus venas, el olvido del Dios de sus infancias.

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